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  ficcion > Ciencia FicciónEl binomio Tiempo-Consciencia

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se publicó en la web el 11 de Enero del 2008

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  Categoría: ficcion > Ciencia Ficción
  Titulo:

“...y llegó a casa, se dio cuenta de que todo lo que le rodeaba no era real, se miró al espejo y no se reconoció.” Fragmento de la novela “Tau-V2” de Step-hen Drexler publicada en el año 2035. “El binomio Tiempo-Consciencia” Título de la conferencia del Doctor W. Huang Instituto Virtual de Tecnologías Avanzadas de Berlín 16 de mayo de 2064 —“... las ondas cerebrales conocidas como Ondas Matz-Swein, tie-nen este nombre en honor a sus descubridores, J. Matz y F.H. Swein, que en el año 2020 establecieron la Sintonización neuronal por reso-nancia (SNR), una técnica que permite sintonizar el flujo de neuro-transmisores del cerebro respecto a cierto tipo de estímulos exteriores al mismo, y por la que les otorgaron en el año 2055 el premio Nobel de Física. Los primeros pasos en esta teoría surgieron como meras anécdotas. Tanto Matz como Swein llevaban trabajando juntos, en el mismo la-boratorio, casi quince años y según explicaban tenían tal grado de compenetración el uno con el otro, que en multitud de ocasiones se quitaban las palabras de la boca. Hasta tal punto llegó aquel grado de compenetración que decidieron investigar ese hecho, simplemente por pura curiosidad. Les parecía imposible que les ocurriese aquello sin ninguna razón lógica, así es que comenzaron a investigar las propiedades de emisión y recepción de radiaciones del cerebro, mucho más en profundidad de lo que se había realizado hasta esa fecha. Por aquellos días se aceptaba que el cerebro era capaz de emitir cierta clase de radiaciones electromagnéticas en función de su estado mental. Así se distinguían cuatro tipos de ondas: las ondas beta que se correspondían con los estados conscientes como la concentración, la ansiedad o el miedo. Las ondas alfa, que se correspondían con estados de relajación. Las ondas zeta, que se correspondían con estados de sueño lúcido. Y por último las ondas delta, que se daban en la fase REM del sueño. A estos cuatro tipos de ondas habría que añadir las Matz-Swein. Fue imposible detectar este último tipo de ondas hasta que se dispuso de la tecnología requerida para poder medir la baja intensidad de cam-po que presentaban estas emisiones. Por ejemplo, a pocos centímetros del cerebro y en los casos de máxima intensidad, tan sólo se detecta-ban amplitudes de milésimas de picovatios por centímetro cuadrado; intensidades un millón de veces más pequeñas que las ondas recogidas en los electroencefalogramas de la época. Tal y como ellos decían, fue en una tarde de junio muy calurosa, en pleno centro de Atenas, lugar donde se encontraba el laboratorio de ambos genios, cuando se produjo el hecho que cambió la historia de la neurología y las telecomunicaciones. Se registraban cuarenta y ocho grados centígrados de temperatura en los diversos termómetros de la ciudad, y para más inri, esa tarde el sistema de refrigeración del edifi-cio en el que se encontraba el laboratorio estaba averiado. El calor era insoportable y el doctor Swein comenzaba a tener unos claros sínto-mas de resfriado, probablemente debidos al aire acondicionado de los días anteriores mezclados con las altas temperaturas que se estaban registrando en los últimos días. En una de las pruebas que se encontraban realizando, tanto el doc-tor Swein como el doctor Matz tenía conectados a la cabeza varias sondas que se comunicaban con un espectrómetro de baja amplitud. En dicho equipo se podían observar las radiaciones que emitían y ab-sorbían ambos cerebros. Tenían la costumbre de colocarse las sondas nada más llegar al laboratorio y de registrar todo lo ocurrido durante el tiempo que per-maneciesen en el mismo. Ese día, como cualquier otro, llevaban más de dos horas registran-do datos sin éxito y cada uno desempeñaba sus tareas diarias, cuando el doctor Swein estornudó de forma repentina. En ese preciso instante, el capturador de datos del espectrógrafo se detuvo y comenzó a parpa-dear una luz en la pantalla y a sonar un pitido agudo que salía de su parte posterior. Según contaban ellos, ambos se quedaron estupefactos y rápidamente se acercaron al espectrógrafo para ver que había ocurri-do. Lo que vieron en la pantalla les dejó helados. El registrador había detectado una absorción de radiaciones en el cerebro del doctor Matz espectralmente idéntica a la radiación emitida por el cerebro del doctor Swein en el momento del estornudo. Al principio no sabían como reaccionar, no podían dar crédito a lo que acababa de ocurrir. Como ellos contaban, se miraron durante unos instantes y la euforia empezó a adueñarse de ellos. Se abrazaron, grita-ron, saltaron, todo ello sin quitar la vista del espectrógrafo. Si sus su-posiciones eran correctas, era la primera vez que alguien era capaz de detectar actividad neuronal inducida por otro cerebro cercano. Como dirían posteriormente en numerosas conferencias, aquellos momentos eran los orígenes de la telepatía, y porqué no, de la inmortalidad. Aquella noche no durmieron, la pasaron analizando cantidades ingentes de datos, que a más de uno le habría costado semanas de arduos exámenes. Pero su ansia por encontrar la respuesta a aquel evento era tan exacerbado, que durante esa noche y todo el día si-guiente continuaron buscando la razón por la que se había producido la sintonización. Como es lógico, no la encontraron. Durante los meses venideros, siguieron tratando de reproducir aquel hecho sin éxito. Pero fue un día de octubre, en el que el sistema de calefacción se averió de nuevo, produciendo temperaturas cercanas a los cincuenta grados dentro del laboratorio, cuando detectaron una nueva sintonización. Durante semanas analizaron los datos, sabían que tenía que ver con la temperatura ambiente, parecía ser necesario que el aire estuviese altamente caldeado. En los siguientes meses reprodujeron los dos éxitos anteriores en multitud de ocasiones, pero siempre ante temperaturas extremadamen-te altas. Por entonces ya sabían como reproducir la sintonización, aho-ra sólo faltaba saber porqué ocurría y cómo se producía. Inicialmente realizaron pruebas con sanguijuelas, ya que las neuro-nas sensoriales y motoras de este animal están agrupadas en ganglios a lo largo de su cuerpo segmentado, y gracias a esa proximidad es fácil comprobar cómo responden las neuronas motoras ante la información proveniente del medio ambiente captada por las neuronas sensoriales. El ensayo que demostró la validez de esta teoría fue la, a posteriori mundialmente conocida, Prueba del pinchazo. La prueba se basaba en lo siguiente: en un recipiente se disponía de dos sanguijuelas separa-das una de otra por un tabique central. A la sanguijuela emisora se le conectaba una sonda que amplificaba la emisión de las ondas Matz-Swein mientras que a la sanguijuela receptora se le acoplaba una son-da que actuaba como antena de estas ondas. Una vez que ambas san-guijuelas estaban conectadas a las sondas, se subía la temperatura del recipiente hasta los cincuenta grados centígrados y a continuación con una aguja se le producía un pinchazo a la sanguijuela emisora. Tras ser pinchada, tanto la sanguijuela emisora como la receptora respon-dieron al pinchazo encogiendo sus cuerpos en un acto reflejo. Con esto pudo comprobarse como la sanguijuela receptora respondía ins-tintivamente a un pinchazo producido sobre la sanguijuela emisora situada a veinte centímetros de distancia. Tras los éxitos obtenidos con las sanguijuelas, realizaron pruebas con cobayas y otros animales similares obteniendo resultados óptimos. En todos los casos analizados, la actividad neuronal demostraba como se producía la canalización de la radiación externa desde células nerviosas situadas cerca del bulbo raquídeo hacia el resto del tejido neuronal. Según explicaron más tarde, en su libro El amanecer del cerebro, que por cierto, revolucionó el entorno científico a todos los niveles, las zonas adyacentes al bulbo raquídeo, especialmente las pirámides bulbares, que están compuestas por infinidad de fibras nerviosas, a altas temperaturas ambiente y bajo un campo de ondas Matz-Swein, segregan cierto tipo de sustancias electro-químicas que excitan, o co-mo decían ellos hacen resonar, ciertas regiones del lóbulo temporal izquierdo produciendo así la sintonización neuronal. Es decir, estas pirámides bulbares se comportan como antenas, pudiendo tanto emitir como recibir este tipo de radiaciones. A partir de la publicación rigurosa del libro, miles de científicos de todo el mundo comenzaron a estudiar el tema en cuestión. Organiza-ciones científicas, gobiernos y por supuesto empresas privadas fueron los que otorgaron fondos prácticamente inagotables a todos los centros en los que se ahondaba para desenmarañar los entresijos de esta nueva técnica. Aproximadamente en el año 2027, no se sabe muy bien quien fue el primero, o si fue una investigación conjunta, se consiguió provocar ciertas sensaciones y olores en un cerebro humano por medio de este tipo de sintonización. A partir de este momento se produjo una carrera desenfrenada por controlar este tipo de tecnología, que con el paso de los años hemos visto ha sido uno de los logros más importantes de la humanidad. Gracias a esa tecnología aparecieron los primeros cascos de nave-gación neural para navegar por lo que a la postre sería el auténtico ciberespacio. Además, teniendo en cuenta los avances en los años siguientes en los campos de la nano y biotecnología, los límites del cerebro humano eran impredecibles...” Tras la introducción, el doctor Huang explicó los detalles más téc-nicos y escabrosos de su teoría sobre cómo se transforma la concien-cia con el paso del tiempo, que era de lo que había ido a hablar allí ese día. Explicarlo le llevó unas dos horas de complejas fórmulas matemá-ticas y enrevesados supuestos teóricos, pero por fin llegó al final de la ponencia: —“... dicho todo esto, y como conclusión a todo lo que he expuesto hoy en este congreso, les voy a proponer un ejemplo sencillo para que entiendan a grandes rasgos los fundamentos de esta teoría. Supongamos que queremos realizar el modelo matemático de la es-tructura neuronal de un ser humano para posteriormente volcarlo en el cerebro de un humanoide mediante técnicas de Sintonización neuronal por resonancia. Supongamos también, que éste último tiene una apa-riencia física exactamente igual que la del ser humano. En el instante de tiempo justo antes del volcado neural, sólo existe la conciencia del ser humano. Pero en el instante “t+1”, cuando se completa el volcado neural, existen dos conciencias completamente independientes: la conciencia que reside en el cerebro del ser humano y la que reside en el del humanoide. El que ambas conciencias posean los mismos recuerdos y vivencias del pasado no implica que sean la misma persona, y esto es así porque el paso del tiempo deja una huella imborrable sobre todo ser vivo. En cada instante de tiempo, nuestra conciencia sufre una pequeñísima transformación, y esa transforma-ción es la que nos hace ser una persona diferente continuamente. Por lo tanto, el problema ético-social de duplicar la conciencia de un ser humano, reside en el hecho de que cuando la “copia” tenga consciencia de su propio “yo”, tenderá a seguir viviendo su anterior vida, algo que crea un conflicto social realmente importante ya que... ¿quién somos nosotros para desarraigar a una conciencia humana de toda su vida pasada?... por supuesto dándonos igual que esa concien-cia se base en una estructura celular como es el cerebro humano, o en un soporte físico como un enjambre de procesadores cuántico-moleculares como son las actuales computadoras. La única opción viable que encuentro —como científico y ser hu-mano— para la duplicación de una conciencia humana, es utilizarla siempre que ambas conciencias no coexistan en el mismo plano de la realidad. Por todas estas razones, y como conclusión personal, quiero decir que nunca deberían coexistir copias de una misma conciencia humana simultáneamente... Muchas gracias.” El doctor Huang terminó así la conferencia que le había producido dolores de cabeza durante casi dos meses. Tras finalizar sus palabras, la gran masa de público, que se había reunido ese día en el Instituto Virtual de Tecnologías Avanzadas de Berlín, aplaudió enfervorizada-mente durante varios minutos, algo que sorprendió gratamente al doc-tor Huang, ya que sabía que la carga matemática de lo que acababa de exponer podía ser demasiado enrevesada incluso para muchos de los eruditos que se concentraban allí ese día. Llevaba más de cuarenta años dedicado al mundo de la ciencia, había publicado cientos de artículos, pronunciado decenas de confe-rencias y recogido varios premios por el trabajo realizado a lo largo de su carrera, pero no había sido capaz de perder ese miedo escénico cinco minutos antes de conectarse al Ciberespacio y comenzar las conferencias. Tras sonreír agradecidamente a aquel público, cargado de eminen-cias de las diversas ramas de la nueva ciencia, resopló para sí mismo y miró aquel vaso de agua que le había estado llamando durante tantos minutos. Sabía que realmente no existía físicamente, que era un vaso simbólico, pero también sabía que si bebía su contenido, desaparecería la tensión que le había producido la ponencia. Así es que tomó el vaso y bebió. Instantáneamente notó una sensación de bienestar y relajación casi perfecta, sabía que los nuevos nano-navegadores implantados hace varios meses en su cerebro habían respondido de forma correcta al ingerir ese agua virtual y habían comenzado a excitar diversas zonas de su cerebro para crear esa sensación de frescura. Tras saludar a varias personas conocidas, que se le acercaron nada más terminar, para darle la enhorabuena, se despidió amablemente de su público y se desconectó para volver al mundo real. Abrió los ojos, los sentía cansados igual que cuando se despertaba de un largo sueño. Se levantó del sillón de su despacho y pensó en darse una refrescante ducha que le despejara la cabeza, la conferencia había durado casi dos horas y media y se sentía exhausto. El despacho del doctor Huang se encontraba en el módulo 2 del Complejo Tecnológico de Ciencias Avanzadas de California —más conocido a nivel internacional como T.C.C. —. Era una amplia habi-tación, maníaticamente ordenada y limpia, como si de un quirófano médico se tratase. El fondo del despacho estaba dominado por un enorme ventanal que permitía el paso de la luz del medio día. Las ventanas tenían un grosor de unos quince centímetros, y por supuesto contaban con un grado de blindaje total, algo que enorgulle-cía al doctor Huang puesto que su despacho era uno de los más segu-ros de todo el complejo tecnológico. Desde allí podían verse las interminables llanuras a las que había dado lugar el gran terremoto del 2041. Era primavera y las diversas agrupaciones de pequeños, pero frondosos árboles, —que en la leja-nía, ondulaban al ritmo de la bruma producida por el tremendo calor de aquel día de mayo— , inducían a pensar en los paradisíacos oasis que escondían los enormes desiertos del interior del continente. Los libros y revistas abarrotaban las cristalinas repisas de dos grandes muebles metálicos de color gris plata, que abarcaban toda la pared derecha del despacho. Una gran mesa llena de papeles —de los que debería dar el visto bueno antes de que terminase el día— se im-ponía en el centro del recinto como si fuera una isla en medio del océano. Tras la mesa se escondía un pequeño sillón, de cuyo reposacabezas sobresalían dos antenas metálicas de unos diez centímetros de longi-tud; una a cada lado. Por la parte posterior del sillón, dichas antenas se conectaban a una caja del tamaño de una cartera de bolsillo, comple-tamente negra excepto por una pequeña pegatina que indicaba su nú-mero de serie. Gracias a ese dispositivo, el doctor Huang podía conec-tarse al Ciberespacio de forma mucho más rápida de lo normal; gene-ralmente el tiempo medio para conectarse era de un minuto, desde este sillón la conexión podía establecerse en menos de diez segundos. La configuración del despacho permitía que la pared izquierda quedara por completo al desnudo si no fuera por diversos diplomas enmarcados concienzudamente y múltiples fotos del Doctor con emi-nencias del entorno científico y político, que salpicadas aquí y allá, desvelaban la vida de un gran científico, quizás uno del últimos genios del siglo XXI. Se levantó del sillón, estiró los brazos hasta que sintió un leve cru-jido interior y resopló de satisfacción. Se dirigía al baño para darse la tan merecida ducha, cuando de repente sintió un pinchazo de le inundó el pecho. Se dobló sobre si mismo, apenas podía respirar. Los nano-navegadores médicos que fluían por su torrente sanguíneo se reconfi-guraron y dirigieron al centro del dolor, el mismísimo corazón. Antes de que pudiera darse cuenta, se encontraba mirando el techo de la habitación, estaba confuso, desorientado. Oía los murmullos prove-nientes del exterior de su despacho como sonidos huecos, como si hubiesen sido amortiguados por una fina tela sedosa antes de llegar a sus oídos. Trató de hablar con sus nano-navegadores pero no lo consi-guió. Algo iba mal. Un chisporroteo de puntos de luz brillante fue apareciendo en el centro de su campo visual y se fue expandiendo rápidamente. Ahora, todo era luz; ya no era capaz de pensar. Simple-mente se dejó llevar, perdió el conocimiento. No volvió a despertar.


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