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  humor > FabulasEl abuelo Proust y sus magdalenas

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se publicó en la web el 23 de Julio del 2003

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  Categoría: humor > Fabulas
  Titulo:

Érase una vez un señor muy muy muy anciano. Un frío día de febrero se levantó de la cama (la verdad es que le costó dos horas hacerlo) y cuando fue a posar los pies en el suelo uno de ellos se metió de lleno en el orinal que estaba a rebosar de orine ya que este señor iba bastante flojo de la próstata. Sin embargo, no le importó en absoluto pues prefería el calor que desprendía el dorado líquido que el frío de las baldosas. Tanto fue así que decidió meter el otro pie en el mágico recipiente. Gran invento. Hay que decir que este orinal era de gran tamaño porque el señor, además de una ligerísima próstata, sufría de “tembleque” (desconocía la enfermedad del Parkinson). Con los pies calentitos se dirigió al baño y vació lo que quedaba de orine del mágico recipiente. Se lavó las manos con el agua helada del grifo (a diferencia que el señor, al agua caliente no le gustaba madrugar, por eso tardaba un poco en salir). Ya en la cocina se dispuso a desayunar su media taza de café con leche y sus dos magdalenas. Como todas las mañanas se atragantó al intentar meterse la magdalena entera en la boca y seguidamente volvía a amenazar que no volvería a comer magdalenas, pero como su vecina (una señora más mayor y arrugada que él) se las regalaba no podía cumplirla y se resignó. Lo que el anciano no sabe es que le bastaría comer las magdalenas bocado a bocado para no atragantarse. Además, le encantaban las magdalenas que le regalaba su vecina. Aunque no por su sabor, sino porque venían acompañadas de un polvo con la susodicha del que tardaba en recuperarse tres días, durante los cuales sufría de asma. ¿Sorprendido? Pues sí, los abuelos también follan. Bueno, los que tienen suerte y aún se le empina el instrumento y tengan una compañera que aun se excite cuando vea a un hombre más arrugado que una pasa (lo que le ocurría a su vecina, pero no porque el señor anciano vecino conservara cierto atractivo, cosa que no podía percibir porque no veía un pijo, sino porque le excitaba de un modo extraño esa mezcla de olor de orine con colonia rancia). Por esto, no era de extrañar que al señor anciano se le empinase cada vez que le faltaba la respiración al comer las magdalenas amorosamente regaladas. Bueno, después de este pequeño inicio de relato queda patente la mente calenturienta de esta escritora que en estos momentos se va a hacer la cena. Nota personal: comprar magdalenas.


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