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  humor > ParodiasEl Declive

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se publicó en la web el 20 de Octubre del 2008

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  Categoría: humor > Parodias
  Titulo:

EL DECLIVE Uno nunca sabe quién es. Son los demás los que le dicen a uno quién y qué es ¿no? Y como esto uno lo oye millones de veces en su vida, por poco que ésta sea larga, acaba por no saber en absoluto quién es. Todos dicen algo distinto. Incluso uno mismo está siempre cambiando de parecer. Thomas Bernhard. El ambiente era perfecto: velas rojas ardían en un extremo del salón, propagaban una iluminación ténue, e irradiaban los viejos muebles de madera. Satisfecho, tomó un sorbo de vino tinto, disfrutando del sabor del licor, paladeando la tersura de la añada con los ojos en blanco. Distraído, observó los exámenes de Navidad que descansaban sobre la mesa. Suerte que había decidido ponerlos tipo test, sus estúpidos alumnos no tendrían problemas para aprobar y se libraría de las recuperaciones; cuanto antes terminaran las clases, mejor que mejor. Cruzó las piernas y se felicitó por su astucia; aquellos borregos no le darían quebraderos de cabeza. Hasta un retrasado mental hubiera adivinado las respuestas sin dificultad, aunque nunca se podía estar seguro, la generación que desgraciadamente le había tocado instruir era imbécil por defecto. Desde la calle, le llegaban los ruidos de la ciudad. Los jóvenes salían de marcha, dentro de poco la Laguna se convertiría en un infierno de beodos irresponsables; no le apetecía soportar la mediocridad del mundo que le rodeaba. Soñador, acarició el plan de tomar una baja por depresión antes de que terminara el año. La idea era seductora, pero no le quedaba otro remedio que aplazarla; la directora del centro no olvidaba la última, estuvo indispuesto tres largos meses, prefería guardar aquel as en la manga para casos de emergencia. Estaba hasta las narices de su trabajo, los estudiantes lo desanimaban profundamente, no podía hacer nada por cambiar sus mentes obtusas, venían averiados de nacimiento. Para terminar de arruinar la situación, habían decidido incrementarle las clases, no creía que pudiera resistir ¡veintidós! horas semanales. Llevaba tomando Valium como caramelos desde entonces, sin contar el Royphonol, el Lexotan o el Ativan, que conocía de memoria. La ciencia médica prescribía soluciones milagrosas para su hipertensión habitual. Su doctor de cabecera era uno de los miembros más corruptos de la tenebrosa jerarquía hospitalaria de Tenerife. Utilizó el mando a distancia y subió el volumen del equipo de música. Los sones de Bach llenaron el salón del hogar y lo hicieron estrecer con su belleza atemporal: el Concierto de Brandemburgo siempre lo auxiliaba alcanzar el éxtasis de los sentidos. Tenía cientos de CDs de música clásica: Händel, Vivaldi, Beethoven, Haydn, Mozart, Schubert, Berlioz, Brahms, Chopin, Mahler, Mendelssohn, Pucini, Verdi, Wagner... El Modernismo le parecía aburrido, no encajaba con su forma de ser. Aunque admirara a Debussy, Ravel, Strauss, o Stravinski, tenía la impresión de que no podían hacer nada al lado de los clásicos. En su opinión, La Valkiria fue el canto del cisne del Romanticismo. Con los ojos cerrados, disfrutó de la obra maestra, estiró su cuerpo enjuto sobre el sillón de orejas y paladeó de su merecida soledad. Llevaba todo el puente de diciembre aislado de la sociedad, plantando de manera deliberada a sus escasas amistades, con argumentos absurdos para eludir las citas que no deseaba cumplir. La idea de salir de su apartamento lo estremecía de pánico, era incapaz de abandonar su universo interior; hacerlo destruiría la precaria balanza donde oscilaba su psique y efectuaría daños irreparables en su espiritualidad. Únicamente había roto su ostracismo para alimentarse: realizaba sus tres comidas diarias en el bar situado debajo de su casa, acompañado por una pila de periódicos que devoraba, compulsivamente, en un reservado, lejos de los demás clientes del local. Atrás quedaba el verano, fueron tiempos felices, no tuvo que rendirle cuentas a nadie, e incluso despidió a la asistenta peruana que limpiaba su hogar; sus modales terminaron por exasperarlo, aunque supiera que no iba a encontrar a otra imbécil que cobrara dos euros la hora. Regatear no era su estilo. Durante aquellos meses, se embruteció de modo insospechado, olvidó cómo hablar con sus semejantes, relegó cualquier atisbo de humanidad a un segundo plano y acrecentó su talante introspectivo hasta límites insoportables. El Cannubi Boschis era exquisito, sedoso al paladar como la acaricia de una amante. El dinero que gastó por las seis botellas estaba bien invertido, los pequeños placeres de la vida le eran indispensables para continuar adelante; daban sentido a la miseria que significaba trabajar para subsistir. Con delicadeza, sirvió el vino hasta la mitad de la copa. La Spiegelau estaba finamente cincelada por algún artista italiano, enaltecía el bouquet del Boschis. A su derecha, sobre el sofá de su abuelo, descansaban los libros que había leído en los últimos días: Rimbaud, Camus, Baudelaire, Sartre, Apollinaire, Artaud, Cocteau, Yourcenar, Verlaine, Villón, Rabelais, Mallarmé y Beauvoir. París le esperaba la próxima semana. Un buen viaje era la excusa perfecta para olvidar las responsabilidades familiares. No pensaba soportar las fiestas con sus parientes; suicidarse era una opción mucho más atractiva que la anterior. Hacía siglos que no abandonaba la isla, estaba estancado en un punto muerto sin retorno, como no escapase terminaría en un manicomio, dando volteretas en una celda acolchada con goma. Ajustó las gafas redondas, se acarició la perilla e imaginó las calles de la metrópoli; el Museo del Louvre, el Centro Pompidou, la Catedral de Notre-Dame, el Barrio latino, Saint Germain des Pres, Montmatre, d´Orsay, las Galerías Lafayette, la Torre Eiffel, o Pere LaChaise. Por experiencia propia, intuía que la vida bohemia en la ciudad de las luces le sentaría bien. Pensaba visitar los prostíbulos de la zona y complacer las fantasías de sumisa degradación que demandaba en silencio. Inconscientemente, rememoró a su excelente amigo Horacio; un masoquista irrecuperable que disfrutaba siendo torturado por mujeres sádicas. Nada le complacía más que ser pisoteado como una alimaña: las cucarachas tenían dignidad comparadas con aquel despojo humano adicto a la cocaína. Aún se estremecía al recordar la última fulana que pagó para que se lo follara. Horacio era un tímido patológico, ni siquiera podía entablar una conversación con alguien del sexo opuesto. Por lo tanto, tenía que hacerle aquel tipo de trabajos a menudo, cosa que no le desagradaba en absoluto; solía llevarse una tajada del pastel con frecuencia. La mujer lo golpeó con saña y le hizo todo tipo de barbaridades, utilizando un látigo de cuero de seis colas terminadas en bolas de acero, y lo mandó al Hospital General con una hemorragia interna que estuvo a punto de enviarlo al otro barrio. Abrió la novela de Pessoa y empezó a leer el libro por enésima vez. Necesitaba nutrirse de la inmundicia humana para continuar adelante. El autor siempre le recordaba que la existencia terrenal era un fracaso: no le apetecía hacerse ilusiones de que las cosas cambiarían de la noche a la mañana. Después de media hora de lectura, prendió un cigarrillo. El humo del Coronas negro ascendió al cielorraso, formó espirales y realzó la amargura que comenzaba a experimentar. Cerró los párpados y prestó atención a “La canción de la tierra”. Mahler había creado sus mejores obras a partir de la Quinta Sinfonía. La mala suerte no lo abandonó desde entonces; lástima que la Décima estuviera inconclusa. La muerte le impidió acabar lo que probablemente hubiera sido una tragedia para los oídos. Inquieto, se levantó del sofá y tomó dos Valiums. La necesidad de colocarse era más fuerte que su autocontrol, requería encontrarse insensible; odiaba vivir sin respuestas que ofrecerse en sus momentos de duda. Regresó al sillón de orejas y esperó a que los tranquilizantes hicieran efecto. Cuando estaba cómodo se encontraba incómodo: aquella era la historia de su vida. Lentamente, los bordes del salón se hicieron imprecisos, las aristas del mobiliario eran menos dolorosas; podía continuar adelante, el suicidio estaba apartado por el momento de sus planes. Tragó saliva y quiso volver al libro, pero el timbrazo del móvil le hizo dar un respingo. Las paredes lo rodearon como un dogal y aplastaron su cordura. Una vena palpitaba en su frente, el dolor de cabeza se apoderó de su cráneo, estaba apunto de perder el conocimiento. ¿Quién podría ser? ¿Le habría pasado algo a su madre? ¿Habría muerto Fidel Castro? ¿Franco resucitaba de sus cenizas? ¿Bustamante había sacado nuevo disco? Aquellas preguntas pasaron por su mente, mientras agarraba el teléfono, luchando contra una tormenta invisible que no le permitía avanzar con naturalidad. —¿Sí? Una voz familiar llenó la línea: —Estamos debajo de tu casa. Una gota de sudor frío descendió por su frente. —¿Álex? Carcajada de borracho. —Tenemos una botella de Johnnie Walker —puntualizó—. Te invitamos a una copa. Estaba aterrorizado. —¡Ni de coña! —exclamó—. ¡Me daría una depresión! —¡Vamos, tío! —dijo su exalumno—. ¡Hemos subido a verte! El terror se transformó en náuseas. —¡Álexis, por Dios, ni se les ocurra! —Asómate a la ventana —rogó—. Estamos en la cabina. Aquello le puso los pelos de punta. —¡Que no, coño! Mientras hablaba, desconectó el teléfono fijo, el ordenador, el portero de la calle, y echó tres llaves a la puerta. Nadie entraría en su santuario; no pensaba permitir que allanaran su intimidad. —Oscar está conmigo —puntualizó—. Es su cumpleaños. Era mentira, Oscar había cumplido en septiembre, lo recordaba bastante bien; el portero del edificio se había quejado por la conducta de aquellos indeseables, bailaron con un pedo impresionante en el pasillo de la entrada y las cámaras de televisión los grabaron haciendo el gilipollas. De manera natural negó conocerlos, no quería que lo relacionaran con ellos, se arrepentía de haberles permitido acceder a su hogar. Sin duda, las confianzas daban asco. —¡No van a subir! —aulló a grito pelado—. ¡No quiero verles! —¡Aguafiestas! —rió—. ¡Nunca cambiarás! Tenía que terminar la conversación. —Mañana les llamo —mintió—. Nos vemos. —Tío, no cuelgues... Satisfecho, desconectó el móvil y lo guardó en un cajón. El aparato le daba malas vibraciones: los teléfonos eran un invento de Satanás. Silencioso, apartó las cortinas, miró por un resquicio la calle desierta y procuró pasar inadvertido: el corazón le bombeaba en el pecho. Podía afirmar que aquellos locos estaban tocándole el timbre, luchando por entrar en el edificio, deseosos por perturbar su ecuanimidad, para incordiarlo con sus borracheras. Sacó una silla de la cocina y la colocó contra el pomo de la entrada para aplacar su nerviosismo. Lástima que hubiera vendido la escopeta de caza de su padre: en aquellos instantes le habría aportado seguridad tenerla a mano. Alterado, ojeó el reloj, los minutos parecían congelados, las agujas se negaban a avanzar, el universo se desplomaba sobre su espalda. La puerta crecía por momentos, la paranoia superaba el letargo de los tranquilizantes, acercándose en su dirección, cubriendo el pasillo a oscuras, como un monstruo diabólico surgido del Infierno. Temeroso, quiso esconderse en alguna parte, meterse debajo de la cama, encerrarse en el armario del dormitorio, recluirse en el tambor de la lavadora, pero el miedo no desaparecería; sólo podía contar con el Orfidal para tranquilizarse. Cardiaco, registró los cajones donde guardaba las medicinas, revolvió las cajas de cartón desordenadas y encontró las pastillas con relativa rapidez. Tragó un par a palo seco. El ataque de pánico no iba a desaparecer con facilidad, vaciar la botella de vino era una locura; podía matarse si mezclaba la bebida con tantas cápsulas. Encendió las luces. Tenía la impresión de que fantasmas vagaban por la casa. Agarró un paraguas con la diestra, dispuesto a defender su pellejo de cualquier asalto contra su persona. Sollozando, se derrumbó en el suelo, la crisis era espantosa; pensaba faltar al colegio una semana como mínimo, no podía dar clases influido por aquel terrible estado de ánimo. Unos nudillos tocaron la puerta. Las ganas de vomitar se apoderaron de su vientre. Aquellos degenerados habían conseguido entrar, no estaba de humor para aguantar a nadie, iban a enterarse con quién estaban tratando. Irritado, se aproximó a la entrada y quitó la silla de un manotazo. La sorpresa lo dejó con la boca abierta. Una mujer vestida con una gabardina mojada por la lluvia le observó con frialdad y le dominó con sus acerados ojos azules. —¿Aún estás vestido, perro? Le costó tragar saliva. —Déjame entrar —gruñó—. O no me chuparás las botas. Entonces reconoció a la joven, había mandado a Horacio al hospital semanas antes. Una erección se agitó en su entrepierna. Esperaba que lo sodomizara con un falo de plástico; su amigo ni siquiera pagó suplemento por ello. —Claro —se apartó, obsequioso—. Pase, pase, por favor... FIN Para E.


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