criticas (886)
    Criticas de Cine (145)
    Deportivas (37)
    Duras (222)
    Generales (252)
    Juegos (27)
    Literatura (50)
    Musica (76)
    TV y Famosos (77)
   eroticos (3048)
    Anales (115)
    Desvirgaciones (403)
    Dominación (116)
    Fantasías Eroticas (210)
    Gays (497)
    Hetero (787)
    Lesbianas (161)
    Lluvia dorada (28)
    Orgías (164)
    Otros (332)
    Sadomaso (35)
    Transexuales (57)
    Voyerismo (67)
    Zoofilia (76)
   fantasia (2148)
    Epica (233)
    Fantasia General (543)
    Poesia (424)
    Rol (182)
    Romantica (766)
   ficcion (1044)
    Ciencia Ficción (192)
    Futuristas (102)
    Narrativa Libre (660)
    Ovnis (27)
    Snuff (67)
   humor (1088)
    Asi soy yo.... (60)
    Bromas (28)
    Chistes (398)
    Citas y Frases (42)
    Fabulas (45)
    Hechos Reales (186)
    Parodias (197)
    Piropos (67)
    Sexuales (65)
   terror (2722)
    Asesinos en serie (160)
    Espiritismo (124)
    Hechos reales (724)
    Pesadillas (256)
    Teorias (69)
    Terror General (790)
    vampiros (599)
 
 Top 5
    Como escapados de un ..
    Solo se ...que me sie..
    Las cosas que nunca t..
    De repente oscuridad
    Valiente Guerrero, Mo..
 
Recomendamos
Relatos Cortos, la mayor web de relatos te trae relatos de terror, eroticos, humor, ficcion, fantasia y criticas.
     

  ficcion > Narrativa LibreESPERANZA, FE

------------------------------------------------------------------------------------
 
se publicó en la web el 26 de Noviembre del 2008

Desde entonces este relato ha sido leido 2,096 veces desde que apareció en www.relatoscortos.com, y ha recibido 18 votos.

Los visitantes han dejado escritos 0 comentarios

------------------------------------------------------------------------------------
  Categoría: ficcion > Narrativa Libre
  Titulo:

ESPERANZA El día amaneció de granito y carboncillo, metiendo a hurtadillas una falsa luz de nieve en la habitación del hombre más fuerte del mundo. Los párpados heridos se abrieron de golpe, incivilizados y toscos, y despertó a la conciencia de un nuevo fracaso, de un nuevo amanecer. Sin mirar dos veces el cuerpo laxo y joven que dormía a su lado, el hombre se levantó y encendió un cigarro. Desnudo y solo, como lo estamos todos, se asomó a la terraza. Los edificios eran troqueles en cartón rugoso, el sol sombra de pizarra, los escasos coches luciérnagas sin constelación estable. Otra mierda de día. Sonríe, cabrón. Ya en la cocina, preparó tortitas con mermelada para dos. Unos pasos juveniles y decididos le advirtieron de la presencia de ella, quien quiera que fuese, a su espalda. El cuerpo desnudo se abrazó a su armadura desnuda, acariciándole el pecho y provocando una inmediata y potente erección. El hombre se dio la vuelta, probando aquellos labios ansiosos de los que se había hartado la noche anterior, y que sin embargo, no habían llegado a saciarle. El cuerpo de ella respondió de forma animal, instintiva, y sus pezones erectos rasgaron su pecho, cosquilleando en la cicatriz que había sobre su corazón. Retiró la sartén del fuego sin dejar de mirarla, de besarla, de acariciar sus nalgas prietas y temblorosas, mientras ella reía y correspondía a sus caricias masajeando el palpitante pene con más entusiasmo que experiencia. Ella tiró con demasiada fuerza, apartando la piel del glande y arrancando una mueca de los labios de él. Ni siquiera se dio cuenta, y él supo por qué. No le importaba. Agarrándola por las nalgas, el hombre introdujo levemente su dedo corazón en el ano de la mujer, penetrándola mientras la alzaba en vilo. Estaba deseando terminar con aquello. Ella se fue poco después. Quizás porque ya tenía todo lo que quería, o quizás porque alguien la esperaba en alguna otra cama, en algún otro sofá, en alguna otra cocina que no olería a café frío ni a soledad caliente. O tal vez porque, cuando ella, como se llamase, le preguntó cómo quería el café, él se limitó a responder “Siempre lo tomo solo”. Cuando estuvo solo entró en su habitación. Se puso unos vaqueros, que le arrancaron una nueva mueca al rozar con su áspera tela el sensibilizado miembro, y unas zapatillas deportivas, terminando con una camisa negra y arrugada que yacía sobre la alfombra. Abrió el cajón de la mesilla, lleno de paquetes de tabaco, y guardó uno en el bolsillo del pecho de la camisa. Dudó durante unos instantes, con la mirada perdida en las profundidades del cajón, y después sacó una caja de preservativos. La agitó junto a su oído, escuchando el trac-trac de pequeños objetos duros en su interior. Arqueando las cejas, como a sabiendas de que antes o después se arrepentiría de hacerlo, abrió la caja y sacó de su interior uno de los pedazos de corazón que guardaba allí, metiéndolo entre los pliegues de la cicatriz de su pecho. Sin pensárselo demasiado, porque pensar es el mejor método para no actuar, salió a la calle bajo la inclemente luz de pizarra y sol muerto. ESPERANZA, FE En el centro de la ciudad, el parque tenía un aspecto tan anacrónico y falso como para hacer temer al hombre que, cualquier día, la lluvia borrase el verde de las hojas descubriendo un bosque de cartón piedra debajo. Lo atravesó fumando un cigarrillo, intentando paliar los efectos nocivos del aire puro. Caminaba relajado, con pasos largos y elásticos, como quien no va a ninguna parte y ha perdido la prisa por llegar allí. Un sol infecto se colaba entre las hojas y permitía a los últimos mosquitos del año mantener a raya a la muerte un días más, alimentándose en las pieles aún descubiertas de niños juguetones y chillones. Al hombre le parecía bien. Niños y mosquitos debían aprender que el sufrimiento está siempre ahí, sobrevolándonos con su zumbón y furtivo planeo. Desgraciadamente, se dijo, los niños tendrán más tiempo para aprenderlo. Una pelotita roja con pentágonos negros rodó hasta sus pies, y el hombre la recogió, buscando a su alrededor el origen del atentado. Una pequeña, de apenas noventa centímetros de largo –él nunca supo juzgar la edad de los niños a primera vista, ni le interesó a segunda- le miraba con la misma sonrisa de un piano, todo alternado en teclas blancas y negras y con un brillo esperanzado en los ojos, extendiendo los brazos para que él le devolviese la pelotita de los cojones. Sentado en un banco, un padre incompetente envuelto en las rayas de su camisa leía el periódico y miraba al hombre, con esa sonrisa estúpida que parece patrimonio exclusivo de quienes han condenado a la perpetua a una nueva vida en un mundo de mierda, y aún se creen muy listos por ello. Una tripilla rellena de autocomplacencia desbordaba el cinturón de piel, y su sonrisa hacía vibrar levemente la papada, como la tripa de una bandurria mal tocada. El hombre más fuerte del mundo despreció de inmediato a aquél estereotipo de idiota. Sacó una navaja de resorte del bolsillo del vaquero, la abrió y se permitió un segundo de disfrute ante la mutación súbita de aquél sapo, convertido de pronto en renacuajo, antes de destripar la pelotita roja de los cojones con un rápido arco de la cheira. Clavó sus ojos en los de Mister Papi, bebiendo del miedo y la furia del tipo. Guardó la navaja y dejó la pelotita en el suelo, vamos, Mister Papi, ven por ella si hay huevos, mientras Mister Papi buscaba con la mirada alguien que le ayudase, que salvase a su hija, su periódico y el status quo convencional. El hombre apostaría ballenas contra sardinas a que ese no era su orden de prioridades. Se alejó tranquilo, con su paso elástico de condenado a la vida, mientras escuchaba el llanto de la niña y el furioso siseo de Mistar Papi tratando de acallarla, de hacerla pasar desapercibida ante el peligro, como una gacela estúpida que se oculta tras un arbusto olvidando que los predadores saben olfatear. Siguió adelante, consolado en la idea de que la niña olvidaría pronto lo ocurrido, en cuanto un nuevo juguete sustituyese a la pelotita roja de los cojones, mientras que aquél imbécil a rayas estaría asustado por meses, o tal vez por el tiempo suficiente como para proteger a su hija de alguno de los ataques reales que la vida le lanzaría. Problema de ellos. Tú sonríe, cabrón. Sacó del bolsillo una sonrisa amable y arrugada, que adquirió tiempo atrás en una tienda de artículos de melancolía y broma, y que tenía casi sin estrenar. Se paró en un banco ocupado por dos ancianos que hablaban de mus y mujeres, y que tenían pinta de no haber envidado desde la década pasada, y se sentó para alisar la gastada sonrisa sobre la madera del banco. Después de ponérsela y darle las buenas tardes a aquellos dos sabios de parque, se puso en pie y continuó su camino. Llegó al kiosco unos minutos después, colocándose la sonrisa con cuidado. En el kiosco trabajaba ella, la chica por la que había suspirado cuando aún era capaz de suspirar un poco. Era casi rubensiana, si Rubens se hubiera sentido algo menos atraído por las grasas polisaturadas; rellenita, cremosa, hermosa, toda ojos verdes y carne blanca, curva, prieta, formada, dulce, ansiosa. Y había sido suya. Se conocieron en el kiosco, donde él compraba el periódico todos los días para intentar anclar su fracaso en una rutina estable, de la misma forma que tomaba la primera cerveza en el mismo bar, comía en el mismo restaurante y dormía en distintas camas. Era una forma de ser, como la forma de ser de su ciudad era troquel de mierda en el horizonte y soledad para los padres que lloran por las pelotitas de sus hijas. Ella había estudiado magisterio, y siempre estaba a punto de ponerse a estudiar para las oposiciones a profesora; él había aprobado sus oposiciones a fracasado casi sin estudiar, y se ayudaron mutuamente a seguir igual, como si importase. Estuvieron juntos durante unos meses, en la relación más duradera, sincera y apasionada que él recordaba en, por lo menos, los últimos dos años. Las cosas rodaron bien, pero los coches también ruedan bien pese a tener el maletero lleno de cadáveres, y al final el muerto salió a la luz, cuando una noche, envalentonada por la trinchera que le proporcionaban las velas en la mesa y el ejército de parejas inconscientes de lo que las esperaba que les rodeaba, ella le pidió que se fuesen a vivir juntos. La relación acabó esa misma noche. Ella le dijo que era incapaz de reunir el valor suficiente como para hacerlo. Él, víctima de un chantaje emocional, buscó en su cuenta corriente ese valor, pero el cajero le advirtió de que, sintiéndolo mucho, había gastado todos sus fondos en no suicidarse al anochecer, y se lo habían financiado en cómodos plazos durante los próximos seis fracasos. Siguieron viéndose, día a día, en el mismo kiosco, y ella se convirtió en algo parecido a una amiga. Por eso seguía comprando el periódico, que luego arrojaba a una papelera camino del mismo bar de siempre, ignorando las noticias de siempre, los males de siempre, el odio de siempre, los muertos de hoy. Se acercó al kiosco, decidido a pedirle una segunda oportunidad, a entregarle una copia de las llaves, a invertir sus números rojos en algo, en alguien. Ella estaba fuera, colocando las revistas en la cuerda de tender la ropa que rodeaba el kiosco, y le miró al acercarse. Su sonrisa estaba bien puesta, pero ella no sonrió al verle. Y a él le pareció lógico. No había cambiado lo suficiente para ser él mismo. Fingiendo que tosía, se quitó la sonrisa de la cara y pidió el periódico. Pagó con un billete demasiado grande, del tamaño de su orgullo, y guardó la vuelta en el bolsillo en que llevaba el trozo de corazón. Toda la calderilla junta. Con una despedida cordial, sin mirar atrás, siguió andando hacia cualquier parte.


------------------------------------------------------------------------------------
Vota este relato
0 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10

------------------------------------------------------------------------------------
Comentarios



Busca relatos



InicioAgregar a favoritosPoner como página de inicio
siguenos en feedsiguenos en facebook.comsiguenos en twitter.com


¡Tu también nos puedes enviar tus propios relatos!
[Enviar relato]








Web desarrollada con Iwcms.com
Impresiones Web, SL. C/ San Bernardo, 123, 7ª Planta;28015, Madrid (España).Tlf: +34 911 61 01 13 E-Mail : info@impresionesweb.com
Inscrita en el Registro Mercantil de Madrid, Tomo 19602, Folio 112, Sección 8ª, Hoja M-344480, con CIF B-83844787.