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  ficcion > SnuffDos Putas de Mierda (Una Historia Violenta #2)

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se publicó en la web el 01 de Junio del 2007

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  Categoría: ficcion > Snuff
  Titulo:

La mejor habitación del mejor hotel. Allí estoy yo, sentado, rodeado de prostitutas. Putas de lujo con ganas de ganar dinero rápido y fácil. No me apetece ponérselo fácil. - jodidas fulanas, vamos a jugar a un juego. “Claro, cariño. Tu mandas” Yo mando. Está claro. ¿Alguien lo ha dudado? Jodidas putas de pelo oxigenado y coños rasurados, os pago para que os humilléis. Las observo. Me recuerdan a casi todas las mujeres con las que me cruzo a lo largo del día por la calle. De hecho, me recuerdan a casi todas las personas con las que me cruzo. Cabrones, zorras, pequeños trozos de mierda berreando dentro de carricoches. Todo un mundo lleno de bolsas de basura rebosantes de estupidez. Ganan un dinero que les hace sentirse poderosos. Y lo son. Pueden comprar a sus hijos. Y sus hijos se sienten poderosos. Sus padres les compran toda la droga que quieren. Yo también quiero una hija que esnife popper mientras le abre el culo un jodido negro puesto hasta las cejas de crack cortado con cal de la pared de un garaje viejo. Un jodido garaje donde probablemente hayan grabado películas pornográficas. Baratas. Sucias. Perfectas para masturbarse y luego sentirse culpable. Observo a las putas, representan el mundo. Representan la vida. Todo se puede comprar, todo se puede follar. Todo se puede golpear. Todo se puede patear. Todo se puede despreciar. Todo se puede matar. Observo a las putas con su miradas siliconadas intentando seducirme. Hija de puta, la única forma con la que conseguirían seducirme sería matándose entre ellas. - vamos a jugar a un juego, queridas zorritas. “claro, papi. Dinos a que quieres que juguemos y nosotras jugaremos para ti...” Intentan poner voz melosa. Como caramelo líquido dentro de su boca, como chocolate fundido cayendo por sus imperfectos cuerpos cicatrizados. El juego es sencillo. Tienen que conseguir ponérmela dura sin tocarme. Muy sencillo. Pero a mi manera, a mi estilo. Me gusta hacer las cosas con estilo. Joder, vivo para hacer las cosas con estilo. Si no pudiera hacerlo, si no tuviera esa clase, creo que debería morir. Alguien debería matarme. Mierda. Alguien me acabará matando, me lo merezco. - quiero que me la pongáis dura. Pero sin tocarme. “Claro, amor. Te la vamos a poner tan dura como una roca. Tú solo relájate y observa” NO. Eso no. Joder. No. - puta de mierda, no has entendido nada. No vas a sobar tu asqueroso cuerpo cubierto por la costra de semen reseco. Ni vas a meterle mano a la enferma de tu amiga. Jodida zorra inculta y descerebrada, he dicho que me la vas a poner dura sin tocarme, pero no he dicho cómo. CÓMO. ¿entiendes? “Pero, papi, no te enfades. No me gusta que me insulten, y si me insultas, me tendré que ir. ¿entiendes, papi? A mi me gusta ponértela dura” - yo pago. Así que cierra la puta boca. Ahora abre ese cajón. Señalé el cajón que había en la mesita, junto a la cama. Yo estaba sentado en una silla, al lado de la tele. La otra puta, la que tenía cicatrices en la cara, se sentó en la cama. Pensé en levantarme, coger la televisión y aplastar su jodido y hueco cráneo, pero decidí quedarme quieto. - ¿te he dicho que te sientes? Me miró fijamente. Me odiaba. Mejor. Me gusta que me odie la gente a la que le he comprado la dignidad. Bueno. Que cojones, estas dos putas hace mucho que cambiaron su dignidad por droga barata. La puta abrió el cajón. Su gesto cambió. No dejé que hablase. - cógelos. Me miró. Tenía miedo. “Tú...¿tú de que coño vas? ¿esto qué es? Tío, las cosas sádicas no van con nosotras” - yo pago. “Pues métete el dinero por el culo. Yo con esto no juego” Tuve que levantarme. Me acerqué a ella. Golpeé su cara con tanta fuerza que casi me parto el hueso de un dedo. Chilló. Se levantó para golpearme, pero no le dio tiempo por que saqué una pequeña pistola comprada a un poli corrupto (¿alguno no lo es?). Apunté. Se asustaron. - cógelos. Me senté. La puta sacó los dos cuchillos del cajón. - dale uno a la estúpida de tu amiga. Le pasó uno. - vale. Ahora pelearos a muerte. La que sobreviva, follará conmigo. Si no lo hacéis, os mato a las dos. Me miraron. Tenían miedo. Me la sudaba, sus vidas me eran indiferentes. Tenía dinero y quería gastarlo, era así de sencillo. Quité el seguro. Se asustaron un poco más. No reaccionaban. - ¿vais a empezar o tengo que mataros a las dos, fulanas comepollas de mierda? No se movían. Tuve que hacerlo. Le disparé a una en el hombro. Chilló. Maldijo. Se cayó al suelo. La otra gritó. Yo simplemente observaba, no me apetecía levantar la voz. - ahora, pelead a muerte. La que sobreviva podrá tener mi polla dentro de su boca un rato. Seguían sin reaccionar, pero la que había caído se levantó y atacó a la otra. Era su vida o la de su amiga. Y no hay amigos cuando tu vida está en juego. Es la puta ley de la naturaleza. No peleaban, realmente. Tenían miedo. Entonces pensé que era injusto, una estaba herida. Así que le disparé en el hombro a la otra también. Cayó al suelo. Chillaron. Malditas perras crucificadas. Me estaba aburriendo. No se mataban. Eran débiles. Eran contenedores de fluidos. ... Vi que no iban a pelear. Vi que no reaccionaban. Así que les regalé una mirada de compasión y les dije que parasen, que dejasen los cuchillos encima de la mesilla. Lo hicieron con ganas pero con miedo, como si temiesen que eso fuera un truco, pero con la necesidad de soltar ese objeto punzante. Eran bastante sumisas. Me daban asco. No valían nada. En otra época, las habrían gaseado. - tengo sed. Hay una botellita de cristal con agua dentro de la neverita. Tráemela. Miré a la puta con más pinta de estúpida (aunque ambas eran probablemente simios retrasados) y le señalé la otra habitación. Rápidamente fue a traérmela. Tenía ganas de insultarme, me odiaba. Quería clavar sus uñas en mis ojos. Pero sabía que no podía hacerlo o se quedaría sin uñas. Me trajo la botella, la abrí y bebí un largo trago. Note como el agua helada bajaba por mi garganta. Noté como cada el paladar, la boca seca, se corrían. Tenía orgasmos en el estómago al notar el frío acuoso llegar hasta allí. Era casi excitante notar cada pedazo de mí como un ente independiente con su propio placer. Con su propio semen. Con su propio odio y su propia catarsis. Entonces miré a la puta que me lo había traído, que se sujetaba la herida del hombro con cansancio y me observaba con ojos de cordero putrefacto, tratando de darme pena. Pero me daba asco. Mucho asco. Así que tuve que hacerlo. Me estaba obligando esa asquerosa mirada. Me estaba obligando, yo nunca hago las cosas; los acontecimientos suceden, sin más, y me utilizan como medio para llevarse a cabo a sí mismos. Sucedió. Cogí la botella por el cuello y comencé a golpearle la boca con todas mis fuerzas. La otra puta se puso a gritar, pero no podía escucharla apenas. Solo escuchaba el eco sordo de la botella impactando contra los dientes de la zorra subnormal. El resto era vacío, silencio, muerte. Solo ese sonido sordo, el ruido hermoso del cristal imponiéndose al calcio de su descompuesta dentadura. Golpeaba sin pensar, simplemente tratando de cansar mi brazo. Con la otra mano sujeté su cabeza como podía, intentando que el cuerpo nervioso no me jodiera demasiado. Parecía la cola de una lagartija cuando ha sido seccionada. Se movía impulsivamente, tratando de huir sin saber ni a donde ni cómo. Estuve golpeando los dientes hasta que noté que la botella entraba más profundamente en la boca, símbolo de que estaba consiguiendo abrir un mayor boquete en la cara de esa furcia. Y seguí. Seguí. Seguí. Seguí hasta el agotamiento. Entonces cuando ella casi se había desmayado del dolor, la observé y la besé. Me agaché como pude y besé sus deformadas encías, sus labios, partidos en mil pedazos. Besé su sangre, su bilis. Besé su saliva sucia y amarga y densa. Y entonces pasé el dedo por toda la boca, tratando de deshacerme de los pedazos de dientes que aún quedaban, como quien limpia el marco de una ventana de los pedazos de cristal que han quedado tras romper el vidrio antes existente. Pasé el dedo y me corté con varios de los pedacitos de dientes que quedaban, pero conseguí deshacerme de ellos. Entonces solté su cabeza y la puta cayó al suelo casi inconsciente. La otra nos miraba aterrada desde una esquina. Temblaba. No era capaz de ni de llorar. Se tapaba como podía. Miró el teléfono. Entonces me acerqué. Cogí el teléfono, lo descolgué y se lo lancé contra la cabeza. Le hice un corte en la frente. Volví a coger el teléfono y lo tiré al váter. Me acerqué a la prostituta casi inconsciente y la observé. Analicé su rostro deformado. Analicé el hueco que tenía por boca, donde solo le quedaban encías cubiertas de sangre y polvo. Me saqué la polla. La tenía tensa como una cuerda de arco. Me apretaba en el pantalón. La saqué y cogí su cabeza. Vi sus feas encías y decidí utilizarlas. La metí por ahí. No había dientes que me jodieran, así que me di cuenta que era genial. Era cómodo, era sencillamente puro sexo. Le hice el amor a través de su boca sin dientes. Le hice el amor como nunca se lo había hecho a ninguna de mis amantes. A ninguna de mis novias, si es que alguna realmente lo había sido. Me importaba una mierda. Yo estaba gozando como un hijo de puta. Por que, al fin y al cabo, deformar a una puta para metérsela por un hueco antes casi inexistente es ser un hijo de puta, y de los grandes. Entonces le dije que me mirase. Le grité. Le cogí del pelo y alcé su cabeza. Quería que me viese hacerlo. Hice que me mirase a la cara. Hice que llorase mientras yo destrozaba su rostro. Y tuve que hacerlo. Otra vez. Joder, no fui yo, pero tuve que hacerlo. Mierda. Joder. Ostia puta. Le clavé mis dedos en las cuencas de los ojos. No pudo chillar, pues tenía mi polla en su boca y apenas le quedaban fuerzas. Metí mis dedos hasta el fondo, intentando tocar su cerebro con mis yemas. Se movió compulsivamente, lo cual me produjo más placer. Pero era insuficiente. Mierda, siempre era insuficiente. Siempre tenía ganas de más, era un maldito yonki del dolor. Del dolor ajeno. Un yonki de las eyaculaciones. Necesitaba siempre una eyaculación mejor, más potente, con más fuerza. Lo necesitaba más que respirar. Cogí con los dedos y agarré con fuerza el borde de las cuencas de los ojos. Sujeté su cabeza como un bolo y la penetré por la boca. La irrumé con furia, con ganas de atravesar su cabeza con mi polla. Ella no se movía. Debía estar prácticamente muerta, y yo solo me dedicaba a sujetarla para que me fuera más sencillo meterla y sacarla. Me corrí. Fue genial. El mejor polvo de mi vida. El orgasmo más celestial que ningún ser humano podía tener. Fui tocado por la mano de Dios durante el acto de la eyaculación. Me convertí en un jodido mesías durante unos segundos. Dejé que todo mi semen bajara por su inútil garganta. Debió ser el último líquido que bajó por ahí. Estaba muerta. La saqué con delicadeza, cogí la pistola sin soltar su cabeza y le reventé el cráneo de un disparo. Por si acaso no había muerto, no quería que siguiera sufriendo. Mi parte ya había acabado, y la suya también. Me subí los pantalones. Escuché un gemido de terror y me fijé que la otra fulana estaba totalmente acojonada en un rincón. Intentaba desaparecer, convertirse en un ovillo de lana humana. No quería que la viera allí. Estaba en estado de trance, no reaccionaba apenas. Me acerqué y la miré; me agaché. Acaricié su rostro con delicadeza. Era el rostro de un ángel. Abrí la mesita, de donde habían sacado ellas los cuchillos, y cogí mi cartera. La había guardado para esto, para este momento. Abrí la cartera y saqué unos cuantos billetes. Los metí en la débil mano semicerrada de la puta en estado de trance y cerré su mano con los billetes dentro, para que entendiera que eran suyos. La observé. Esbocé una sonrisa. Le di un beso en la frente. Salí de la habitación. Fuera estábamos a 12ºC, así que me abroché el abrigo y me fui a tomar un café. A medio camino comenzó a llover.


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