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  humor > FabulasDemóstenes

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se publicó en la web el 26 de Julio del 2003

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  Categoría: humor > Fabulas
  Titulo:

Demóstenes se sentó en el viejo banco del parque y dejó entrever una leve sonrisa, ese día iba a ser un gran día. Lo había estado esperando todo el año, como cada año, pero esta vez era diferente. Demóstenes vivía solo, pero solo, solo: solo en casa, solo en su calle, en su barrio y en su pueblo, era el alcalde por supuesto, pero también era el cartero, el panadero, el barrendero, el carnicero y el empresario de la plaza de toros, era un número el tal Demóstenes. Su historia no era muy común, puesto que muy pocas personas en su sano juicio se atreverían a desempeñar tal serie de tareas por tan ínfimo salario, y mucho menos sabiendo que en otros pueblos por hacer mucho menos que él, cobraban mucho más. Pero él tenía un as en la manga, tenía un secreto que jamás desvelaría y por el que sería capaz de dar su vida y la de los demás. Un tímido rayo de sol se atrevió a asomar entre la arboleda y a clavarse en la retina de Demo, que era como familiarmente se llamaba a sí mismo el alcalde: Demo Gutiérrez, para servirle a Dios y a usted, con “usted” se refería a sí mismo, puesto que se había acostumbrado a hablarse e incluso se enfadaba si en cualquier momento tomaba conciencia de su ser y no se saludaba al salir de misa, que por otra parte también oficiaba él, a trancas y barrancas en un principio, pero que a día de hoy habí logrado dominar de modo que era capaz de confesarse y absolverse de sus propios pecados en menos que canta un gallo y además luego se daba una ostia, como si nada. “Las doce y media” dijo a media voz y se dirigió pausadamente hacia su flamante bicicleta gris, una bicicleta que se había erigido en coche oficial, vehículo de reparto y coche de bomberos, y gracias a la cual podía sentirse orgulloso de ser el ciudadano mejor motorizado de su parroquia. Montó en ella y se dejó caer por la ligera pendiente que bajaba hasta la entrada del pueblo, desde allí podía verse la autopista, aquella gran serpiente gris que aparecía distante y confusa, pero que amenazaba con devorar cual Saturno hambriento, cuanto vestigio de naturaleza y vida silvestre saliera a su paso, eso pensó Demo, se sorprendió bastante, primero por verse a sí mismo pensando y segundo por verse pensando precisamente en esos temas, la ecología, los bichos, las matas, todo eso le importaba un pimiento, o una remolacha, que en cuestión de hortalizas lo mismo le daba ocho que ochenta. Se extrañaba de que siendo el alcalde y teniendo la supremacía sobre toda una población, desierta, pero población al fin y al cabo, pudiera sentir algún temor procedente de algo tan nimio como una carretera...tan lejana. Tras el almuerzo en su propio restaurante atendido por sí mismo, Demóstenes Gutiérrez procedió a colocar los carteles, los había diseñado a partir de unos viejos letreros del cine del pueblo, era mañoso, siempre había sabido arreglárselas con lo que tenía a mano, estaba convencido de que fue eso, su capacidad de improvisación la que le había conducido a ocupar su actual puesto en la alcaldía. Cualquiera lo achacaría a que él fue el único candidato, pero algún otro afirmaría que además era el único elector, pues bien, ambas afirmaciones serían correctas, pero eso no le importaba a él, para Demo lo importante no era cómo había llegado hasta donde estaba, sino el haber llegado, y eso le llenaba de orgullo. Situó los dos carteles estratégicamente a la puerta de su casa, uno al lado del otro, así se aseguraba de que los viese el pueblo entero y de paso tapaba unos feos desconchones que había hecho la última vez que se emborrachó y acabó peleándose consigo mismo a la puerta de su casa. Por suerte se detuvo y se obligó a pasar la noche en comisaría, aunque al final retiró la denuncia bajo promesa de reparar el daño en cuanto le fuese posible. A las cuatro asomó la nariz por la Tasca del Demo, una taberna regentada por él cerca del mercado municipal, normalmente jugaba una partida de dominó o de cartas, pero hoy no tenía cuerpo para juegos, le apetecía más tomar un buen trago de Valdepeñas que enfrentarse de nuevo a sí mismo con la baraja trucada que tan buen resultado le estuvo dando los últimos meses. No le gustaba hacer trampas, pero le daba igual que los demás las hicieran, así que estaba perdonado ante Dios y ante la ley, su ley. Después de dos copas de tintorro se dirigió a la iglesia, rezó dos padresuyos y enfiló la plaza, la de toros, la Monumental de Villarrejas, como modestamente la había bautizado su alcalde; las piernas le flaqueaban a cada paso, pero uno tras otro los fue dando hasta llegar. El traje de luces le quedaba un poco holgado, había perdido algunos kilos desde la última vez que toreó, justamente hacía un año. Una vez se hubo ajustado coleta, montera y taleguilla se dirigió solemnemente hacia la taquilla, se vendió una entrada, de sombra por supuesto, y tras el visto bueno del portero (él mismo) entró en el coso con paseíllo torero; en ese momento recordó cuantas ferias había vivido, cómo cada seis de agosto se había celebrado la tradicional corrida de feria en honor del Santo Patrón, cómo después de varios años celebrando novilladas llegó el momento de ascender el festejo a corrida de toros bravos, con seis toros, seis, de la ganadería de Don Fermín Bohórquez, todo un espectáculo digno de un pueblo como aquel, de un alcalde como aquel. Demóstenes hizo sonar el clarín, abrió la puerta del chiquero y se refugió en el burladero más próximo. Por aquella portezuela salieron en kilométrica procesión seiscientos kilogramos de carne magra forradas de terciopelo negro y dotados de dos defensas como dos lanzas de justa. Le dio un vuelco el corazón, otro vuelco el estómago y varias vueltas por la cabeza la idea de que aquel toro no tenía nada que ver con los novillos y becerras que había toreado anteriormente y que si uno de estos le cogía, cosa difícil porque en ese justo momento ya tenía la certeza de que jamás saltaría al ruedo, el daño podía ser irreparable o cuando menos traumatizante en el amplio sentido de la palabra. Dudó, no por él como torero sino por quién había pagado su entrada y deseaba ver un espectáculo de calidad. Luego pensó en el toro, tan fuerte, tan noble, tan valiente... Tal vez no merezca morir, se dijo, como alcalde y presidente del festejo en curso tenía el poder de indultar al animal, así que ni corto ni perezoso, pañuelo en ristre, fue indultando uno por uno a los seis toros, seis, de la susodicha ganadería, y aplaudiendo con efusión a cada uno de ellos. Logró salir airoso de una situación bastante comprometida, realizándose al mismo tiempo la firme promesa de que la próxima corrida volvería a ser de novillos, para no perder la bella tradición de años anteriores. Demóstenes estaba agotado, había sido un largo y complicado día, después del festejo y de la rueda de prensa, hubo de acudir a la verbena como presidente de la junta de festejos y además fue elegido por séptimo año consecutivo Reina de las Fiestas, con lo cual entre pitos y flautas se le había hecho tardísimo y mañana era día laborable. Había bebido un poco y hubo de acompañarse a casa para no perderse. Ahora en su cama y mirando al techo se reía, se reía mucho, recordaba que tenía un secreto, algo que solo él sabía, algo que nadie sabría jamás, bueno, nadie aparte del alcalde, el lechero, el cura, el panadero, el carnicero, el torero y la Reina de las Fiestas de Villarrejas.


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