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  ficcion > SnuffCocaina y Semen (Una Historia Violenta #1)

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se publicó en la web el 19 de Enero del 2007

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  Categoría: ficcion > Snuff
  Titulo:

Era una sensación genial. Una sensación cojonuda. Era más que un orgasmo, más que mil eyaculaciones seguidas. Era el jodido paraiso entre sus piernas, recorriendo todo su cuerpo, batiendo la sangre de su cuerpo hasta convertirla en caburante para camiones. Era mejor de lo que le había prometido la voz. Bastaron unos (muchos) gramos de cocaina. La mitad adulterados con productos químicos. Y ni siquiera había hecho falta comprarlos, bastaba con cerrar los ojos y que apareciesen. La voz se encargaba de todo. Le dijo que no se moviera. Le dijo que solo sintiese el odio, la masa negra y verde y gris recorriendo sus tripas, su hígado, sus riñones, sus pulmones. La masa negra, verde y gris y sucia subiendo por su traquea y saliendo por todos los poros de su asquerosa piel. Le dijo que esperase. Y él esperó. Allí apareció ella, esa puta pelirroja con ganas de ser mutilada. Esa jodida fulana que había jugado con él y con su amigo y con su hermano y con toda su familia. Ella había jugado con sus padres, sus tios, sus primos, su profesor y sus putos ancestros. Ella jugaba con todo lo que tenía delante, detrás, encima o debajo. Ese jodido saco de carne y piel manchado de fluidos. Jodido saco de carne con un buen par de tetas y un culo prieto. Allí apareció ella. Y allí apareció la cocaina. La cocaina que la voz le dijo que separase y le diese a ella solo la adulterada. La voz le dijo que esperase, que ella siempre tenía ganas de follar. Que esperase y le diese la droga. Que no la dejase respirar si no era aire mezclado con polvos. Le dijo que ella vivía para meterse droga y pollas, y que le debía dar las dos cosas. Y ella esnifó. Esnifó. Esnifó todo el rato como si fuese una jodida aspiradora. Y él también esnifaba, pero cuanta más droga tomaba, más eufórico se sentía. La voz le decía cuando tomar y cuando no. Él se sentía invencible. Se sentía Dios. Se sentía el presidente. Se sentía Kennedy antes y después de recibir las balas. Y ella empezó a ponerse pálida, empezó a sangrar por la nariz. Empezó a soltar espuma por la boca. Empezó a tener comvulsiones y a no reaccionar. Se lo merecía. Se merecía todo. Se le puso dura viendo como ella se arrastraba como un gusano intentando salvar su miserable vida. Se le ponía dura viendo como ella tenía arcadas y no podía vomitar. Se le ponía dura viendo el rastro de sangre. La violó. Se la follo mientras ella estaba en coma. Se la follo como siempre había deseado follarse a una tia. El cuerpo de ella estaba inmovil, estático, se movía con los golpes que él le daba. Las sacudidas. La montó como pudo y se la follo. La insultaba, golpeaba su cuerpo, su rostro. Estaba enfurecido, queria poseerla hasta matarla mientras se la follaba. Ademas, la cocaina que tenía él en el cuerpo le hacía esar hiperactivo; no podía parar. Estaba extremadamente excitado, y no se corría. No podía correrse. No queria correrse. La saco de dentro de ella y la pateó para poder excitarse hasta el extremo de eyacular. La pateó hasta que los huesos de ella rebotaban dentro de su cuerpo como ladrillos rotos en una bolsa. Crujía, se retorcía, pero no reaccionaba. Le salía sangre de las orejas, era un asqueroso muñeco lleno de líquidos y suciedad. La ropa estaba tan rota que no cubría ninguna parte de su cuerpo, así que él terminó de arrancar los pedazos de camiseta que quedaban, le quitó los pantalones del todo y se la siguió follando. Quería correrse dentro de ella y saber que no podía quedarse embarazada. Quería correrse y tener un hijo suyo muerto. Quería llorar de alegría y de excitación. Quería matar. Quería morir. Entonces notó que se acercaba la eyaculación y decidió sacarla y correrse encima de ella. Humillar su cadaver. Hacerle lo que se merecía. Los fluidos de él cayeron en la cara inerte de ella, y mientras esto pasaba, el cabrón drogado no dejaba de imaginar hadas, ángeles, oro. No dejaba de imaginar a su profesora de inglés siendo sodomizada. Esto debía ser lo más parecido a morir e ir al Cielo. Era el jodido Paraiso. Él era Adan, y había vuelto. Había vuelto para quedarse. Entonces terminó, regresó al mundo real y miró a su alrededor. Se frustró. No le gustaba esa puta muerta, no le gustaba la sangre, ni el semen, ni la bilis. No le gustaba la droga, ni le gustaba follar ni le gustaba matar. No le gustaba vivir. No le gustaba nada. Corrió desesperado por la habitación en la que estaba, donde la voz le habia llevado. Corrió se golpeó contra las paredes. Pateó al cadaver hasta despedazarlo con sus propios pies. Lo pateó hasta romperse los huesos de los dedos. La cogió y la movió compulsivamente por la habitación, soltándola y cayéndose; la cogía y la empujaba, sin saber exactamente qué hacer. Tenía tanto odio acumulado que no sabía como descargarlo. Se golpeó la cabeza contra la pared hasta que parte de su craneo se vislumbraba a través de la frente. Estaba mareado. Estaba furioso. Golpeó el cristal de la ventana y se rajó la mano al hacerlo. Miró fuera y vió una ciudad enferma. Una ciudad gris y cubierta por una densa nube de humo. Estaba en un edificio demasiado alto, en medio de una ciudad demasiado muerta. Escuchó ruidos de ambulancias, ruidos de coches. Escuchó ruidos de ancianos pobres gimiento y chillando mientras son quemados por bandas de jóvenes universitarios adictos a la ketamina. Escuchó los gritos de mujeres dando a luz niños muertos en hospitales sucios. Escuchó el crujir de los huesos de ese suicida que se ha tirado desde la azotea. Escuchó las voces gurutales de cientos de taxistas pornógrafos y ex presidiarios. Taxistas dispuestos a matar al primer cliente que no les pagara la cantidad justa. Escuchó la mierda bajar por las tuberias, escuchó los borrachos vomitar. Escuchó a los padres de familia vomitar en las despedidas de soltero. Escuchó el sorber de las putas practicando sexo oral. Escuchó madres golpeando hijos, hijos golpeando padres. Escuchó el odio de todos y cada uno de nosotros hacía el resto de nuestros congéneres. ... Entonces miró la ventana rota, cogió un pedazo de cristal con la mano y, sin inmutarse por el dolor que le producía al clavárselo en la palma, decidió degollarse con ese trozo de cristal. No soportaba más el odio en su interior, tenía que sacarlo. Tenía que dar a luz ese jodido odio. Se mató. Era lo que la voz quería.


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