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se publicó en la web el 12 de Enero del 2009

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  Categoría: ficcion > Narrativa Libre
  Titulo:

PLATA, FIERRO…, NADA… (RELATO SOBRE EL CERRO DE MERCADO DE DURANGO, MÉXICO). - En este cerro no hay nada, ¡Mírala nada más! ¡Puro fierro! Esta mina no vale ningún esfuerzo, perdimos tanto solo por una montaña de fierro. - No se como vuestro capitán pudo hacerles caso a esos indios. Lo engañaron como a un infante, no cabe duda. Ellos han huido ayer, pero nosotros nos quedamos con ese mal sabor de boca. ¡Qué montaña de plata que va a ser! De veras que el capitán mercado aun no sabe nada del carácter de los indios. Nos odian y cualquier momento propicio para fastidiarnos lo aprovechan. ¡Qué estúpidos hemos sido todos! Allá veo a don Ginés llorando su desgracia. Pobre infeliz, tan vanidoso y soberbio que era, ahora no es mas que un pobre mar de lagrimas, llora tanto como las plañideras de las que habla Virgilio en su obra, de por sí, nadie lo quiere. Es harto insoportable. Su soberbia creció todavía más cuando la audiencia de Guadalajara lo nombre jefe de la expedición. Hubiera sido harto mejor que hubiese venido en su lugar su tío, don Bernandino, tapia. El si que conoce de expediciones, de guerras y de indios; no por nada fue capitán del conquistador de la nueva España, don Fernando cortes. Pero no, la mala estrella que nos toco nos envió a este presumido mozuelo. Se supone que solo pacificaríamos a los indios, y a que no dejan continuar las labores de las minas de Zacatecas. Ya la gente, nuestra gente, estaba huyendo del azote de estos indios bárbaros hasta los pueblos más cercanos de la nueva Galicia. Han desvastado varias rancherías y matado a muchos españoles. Teníamos que ponerles un hasta aquí, pero no. Terminamos en estos grandes llanos, casi secos y con poca vegetación. El cerro ese ni siquiera brilla, esta tan opaco como una gran piedra de carbón, parado en medio de la nada. Son llanos áridos, con un calor de los diablos que nos cuecen dentro de las armaduras y nuestros yelmos. Solo mesquites y huisaches nos protegen del sol y ya el agua nos escasea. Debemos buscar un arroyo que nos abastezca rápido para nuestras secas bocas. Nuestra desgracia comenzó en Jocotlan, nosotros, poco mas de cien hombres vencimos a los naturales de la región. Ya habían saqueado las minas del susodicho pueblo, y este efecto les daba cierta ventaja, pues el temor a veces es mejor arma, incluso mas que una espada o un cañón. Les caímos encima de noche, mientras asaban una vaca que habían robado. Llegamos atravesándolos con nuestras espadas, sus cuerpos parecían cabriíllos tiernos ensartados y sangrantes. Cortamos cabezas, brazos y piernas; en menos de una hora ya habíamos dispersado a los pocos que quedaban. No tienen miedo, se arrojan a la espada sin importarles nada su seguridad, algunos aun clavados forcejean y se zafan y su último aliento lo dirigen a matar al español. Vaya que son temerarios. Y decían los frailes que eran dulces y dóciles. Que tontería. El capitán Ginés estaba enteramente satisfecho por su obra. Tomó prisioneros como es costumbre, luego nos dirigimos a Guadalajara y en el trayecto el capitán descubrió una mina muy buena, pero el muy tonto la despreció. De entre los cautivos había tres que eran de una región que llamamos de Valparaíso que le dijeron al capitán Gines, de que en tierra mas adentro, en unos llanos grandes y extensos, había una montaña de plata pura, que si el así lo solicitaba, ellos serían los guías hasta ese rico mineral. Nosotros le pedimos cautela, prudencia absoluta, pero no nos escuchó. Francisco Guzmán, el mas viejo de todos le advirtió sobre estos indios, que no son de fiar, que nos llevarían mas y mas lejos, podrían tendernos una trampa cuando se presentase la ocasión. Pero pudo más la ambición y la codicia que la prudencia, despreció los consejos del insigne soldado, el mejor entrenado y el que más sabía de estas cosas de indios. Olvidamos entonces nuestra principal encomienda de pacificación y pronto remontamos el cañón de Juchipila, como lo llaman en lengua nativa. No estábamos preparados para este imprevisto, el lugar es de muy difícil acceso y nuestra carga mucha. Se has muerto varias mulas y los indios que traemos ya no andan un paso mas. Ahora cargamos nosotros el peso de indios y animales, no nos queda otra cosa que hacer. No tenemos mucha agua y este calor no nos ayuda. Es el infierno este lugar tan apartado. Pasamos en pocos días por la región de los indios guías y casi se les salen los ojos nada mas de ver su pueblo, sus tierras. Había muy pocos indios, y la mayoría eran mujeres y niños, los hombres estarían asaltando los pueblos españoles. Los guías ni hicieron ningún intento de huir, bajaron la cabeza y permanecieron en silencio, lamentándose, seguramente. Cerca de allí había dos minas, el capitán las ignoró y se fue de largo, por más que quisimos hacerlo cambiar de parecer. Nos ha dicho que no son minas dignas de el, que en unos días mas y encontraría el monumento aquel de plata maciza que le daría todo lo que pidiese, todo lo que pudiese desear. Anduvimos pues más días, y por suerte encontramos un manantial que nos refrescó muchísimo. Tomamos allí un descanso, lavamos nuestras ropas, limpiamos nuestras armaduras, nos aseamos, bebimos hasta saciarnos y nos abastecimos para varios días. Comimos de la fauna de la región, habíamos terminado nuestro bastimento y no comíamos bien. Vimos a los indios cazar animalillos de dentro de la tierra, asarlos y comerlos. Probamos de este remedio salvaje contra el hambre y he aquí que tienen buen sabor. Eran unas ratas con patas largas que dan unos saltos muy grandes y se pierden de vista casi de inmediato. Algunos de nosotros nos dimos a disparar a las palomas, que parece que son iguales que a las de España, a los topillos y atrapamos uno que otro pescado raquítico del manantial. Con estos la hemos pasado a donde vamos, vaya que abundan en esta tierra. El capitán nos daba ánimos para seguir, nos alentaba diciéndonos que pronto llegaríamos a la montaña y que nuestros días de soldado estaban por terminar, que se acabarían con ello, de nosotros dependía. Lindo sueño este, pero nada más eso. Yo no estaba tan seguro, nunca confié en esos indios, yo los veía cuchichearse en su lengua garabateada en tono muy bajo para que Francisco Guzmán, quien sabe un poco de su lengua no los escuchase. Se alejaban, no mucho de nosotros claro, y hablaban y nos miraban con odio. Siempre supe que estos dos eran unos malparidos traicioneros, pero el capitán esta tan confiado en ellos, tan empecinado en conseguir esa plata que nos fue imposible razonar con el, y comencé a pensar que era como intentar razonar con estos indios bestias, que por algo les hacia caso. Al reanudar el viaje nos topamos con otras minas de muy buena veta en la región de Chalchihuites. Las ha rechazado por parecerles insignificantes, y la gente se desesperó por la estupidez de nuestro señor Vázquez de Mercado. Consultó luego a los indios y le dijeron, por medio de Francisco, que la montaña no estaba a más de un día. Estábamos verdaderamente hartos, lo que se dice hartos de tan agobiante empresa, que a no ser por temor a la audiencia de Guadalajara y al buen señor don Bernardino nos hubiésemos vuelto y dejado al capitán con su plata. Acampamos más delante de la susodicha región. A lo lejos podíase ver el cerro aquel que tanto habíamos buscado, tenía la forma de una mujer tendida, dormida sobre unos llanos blancos. Como en otras ocasiones, había puesto su tienda muy vistosa que desentonaba con lo rudo del paisaje, pero no durmió. El deseo de ver esa plata lo mantuvo en vela toda la noche. Nos levantó al alba, cuando el sol apenas asomaba de entre los cerros de poniente y fuimos allá tan pronto como nos lo ha ordenado. Cuando solicitó a sus guías se dio cuenta de que estos se habían fugado. Todos sentimos rabia y desconfianza por este motivo, pero el capitán, lejos de enojarse se sonrió. -En hora buena se han ido, justo cuando tenemos a la montaña de nuestra ventura frente a nosotros… Tardamos unas horas en llegar a el. El regimiento estaba muy emocionado, toda esa riqueza tan solo para ellos, para nosotros…, pero la divina providencia ha castigado al capitán, pues al llegar a las faldas de este cerro, por mas que hemos buscado, no encontramos la plata que los indios prometieran, no encontramos plata por ningún lado, sólo mineral oscuro y muy pesado ¡ah, como se han de haber reído de nosotros esos cochinos indios!, ¡Que regocijo tan grande el habernos burlado, y en nuestras propias narices! - ¡Malditos indios, dijeron que era de plata y es de fierro! ¡Malditos, malditos sean en verdad! Y el capitán diciendo esto tomaba piedras y trozos grandes de fierro y los lanzaba al cerro enfurecido. Luego cayó de rodillas y puso se a plañir como un niño. Todos sus hombres estábamos harto enardecidos, al punto de lincharlo, pero solo le echamos en cara su mal juicio y sus promesas rotas a manera de deshogo. - ¿Qué es esto capitán? ¡usted nos prometió la gloria y riqueza y ahora no tenemos nada, no hay más que puro fierro regado por todo el lugar! - ¡Nos arriesgamos por usted, llegamos más allá de nuestras fuerzas por usted y así es como nos paga!, ¡Reniego de la hora en que me le uní, maldigo el día en que le conocí! Y con estas y más acusaciones la vanagloria y la arrogancia del capitán se desmoronaron. Su seguridad y sus aires de hombre superior a todos, todo se le tornó negro y el no sabía que hacer. Todavía esta ahí bajo aquel añoso mezquite llorando, lamentándose. Si tan solo hubiese tomado una mina de las anteriores no estaría tan desconsolado, pero eso ya no es posible. No podemos quedarnos mucho tiempo aquí, supongo que mañana partiremos a Guadalajara. Oigo que me llaman, me piden ayuda. - Antonio, ven ayúdanos con un poco de leña. De regreso, pasando por Chalchihuites, nos han emboscado los malditos nativos y entre ellos he visto a los indios guías. Uno me hirió en la pierna y en el pecho con sus flechas. Dos soldados han muerto y el capitán mismo ha resultado herido de gravedad. Y nada más verlo mi herida no duele y hasta parece sanar, me regocijo de ver a nuestro capitán sufriente, la providencia le dicho minas muy buenas que despreció por el falso cerro de plata que ni Plinio, ni Homero mismos nos han dicho en sus historias. El capitán Vázquez de Mercado se agravó poco después. Una infección en las heridas sufridas acabó por matarlo apenas ayer. Lo enterramos en el lugar que lo naturales llaman Juchipila. Nuestra compañía entró en desorden y se dividió en grupos. Regresamos a Guadalajara con intervalos de días. Contamos lo sucedido a su tío Don Bernardino y a la Audiencia. El señor Bernardino se mostró indignado en mucho y no quiso saber más de su sobrino. Nosotros, a manera de burla y recordarlo como el bufón que fue y por habernos hecho pasar tantas penalidades en ese viaje, le hemos bautizado al cerro con su nombre, en su honor. Le hemos puesto “El Cerro De Mercado”, para que se le repudie su estupidez, su insensatez, durante estos días, y los venideros.


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