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  fantasia > RolCAZADORES (DE LA SERIE DEL ENANO MUF)

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se publicó en la web el 30 de Mayo del 2007

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  Categoría: fantasia > Rol
  Titulo:

CAZADORES Talabian no tuvo problemas para encontrar a Muf. Sólo tenía que seguir el ruido seco de las varas de madera entrechocando, hasta el patio trasero del local de Gem. Allí, el posadero, el joven Muf y algunos otros umdhui se entretenían en su pasatiempo preferido; intercambiar golpes. Unos treinta enanos formaban un círculo, sentados en troncos o en bancos de madera, mientras Muf y Gem, armados con largas varas, luchaban en el interior. Uno de los camareros servía cerveza de un barril, mientras el público jaleaba, gritaba y animaba, intercambiando apuestas sin cesar. “¿Pero es que no se dan cuenta del frío que hace?”, se preguntó el elfo, que no lograba comprender las costumbres enanas, pese al tiempo que llevaba conviviendo con el pueblo umdhu. Talabian estaba preocupado, no sólo por las salvajes tradiciones enanas, sino por un motivo bastante más importante. Al amanecer, Leddalsord había hablado con él. Puede parecer algo extraño, el que una espada despierte a un hombre con su voz, pero Leddalsord era mucho más que una espada, mucho más que el regalo de un dios para legitimar y simbolizar una dinastía. Era, por decir sólo un poco de muchas cosas, una conciencia viva y pensante. Así pues, Leddalsord había aparecido en la habitación que Talabian compartía con otros cortesanos –algunas habían quedado libres cuando los cazadores subieron a la montaña, pero la comitiva real era muy numerosa-, y le había pedido que sometiese al joven Muf a prueba. La espada, intranquila, le explicó que había algo extraño en Muf. Si bien el enano había sido digno de tocar la sagrada espada al segundo intento, Leddalsord vislumbró algo extraño en él la primera vez. No supo explicarlo muy bien –después de todo, no era omnisciente-, pero había una sombra oscura, una amenaza latente, en el alma de Muf. O en su cuerpo. Por tanto, rogó a Talabian que le hiciese aquél favor. En ese momento, mediodía de la segunda jornada que Muf pasaba fuera de la cama, leves copos de nieve caían sobre los enanos, mientras Gem batía las costillas de su joven oponente en un combate amistoso. El sol, con ese tono hiriente de plomo batido que parece patrimonio exclusivo de las montañas, se retiraba tras la cortina tendida por la tormenta, y el frío viento detenía su leve trote, como si aguardase ansioso el resultado de la pelea, mientras luchadores y mirones gritaban como animales en celo. Muf, aún débil, rodó por el suelo para alejarse de Gem. Se había llevado ya un par de buenos golpes, y su cuerpo –ambos estaban desnudos de cintura hacia arriba- enrojecía por el frío y los bastonazos. El joven enano buscó el lado ciego de Gem, tratando así de lograr ventaja, y atacó con golpes laterales, envolventes. Talabian apreció su habilidad, e incluso aceptó una jarra de cerveza, disfrutando del espectáculo. Gem trató de recortar la distancia, aferrando el palo con ambas manos y lanzando golpes secos, cortos, para obligar al joven a defenderse. Así lo hizo Muf, retrocediendo varios pasos, hasta que captó el ritmo de su enemigo. Al recibir el siguiente golpe, el joven giró el arma, acompañando y envolviendo el bastón de Gem, obligándole a tirar con fuerza hacia atrás para destrabarlo. Entonces lanzó una seca estocada hacia delante, empujando a su enemigo en la dirección que él mismo usaba para apartarse. Ganó la distancia con un paso largo y aporreó la cabeza de Gem desde arriba. Cuando el adulto cayó de rodillas, Muf se adelantó de nuevo para rematarle. Pero el lobo es más sabio por viejo que por lobo, y Gem rodó hacia un lado, dejando pasar a Muf para luego aporrearle las costillas por detrás, derribándole de bruces sobre la nieve. Varios enanos abuchearon, mientras otros aplaudían, y el dinero de las apuestas cambió de manos. Talabian observó que muchos umdhui habían apostado por Muf, lo que no era pequeño detalle teniendo en cuenta que el joven no llegaba a veinte años. “Sus conocidos le admiran y respetan”, se dijo, “y no es más que un niño” Gem ayudó a Muf a levantarse, mientras ambos se reían hasta que pareció que se les iba a partir el pecho. El resto de los enanos les acogieron con abrazos, puñetazos en el pecho, palmadas sobre las frías espaldas y jarras de helada cerveza. “¿Pero es que nadie les va a acercar una toalla o un jubón?”, pensó Talabian. Cada día le sorprendía más que aquellas bestias dirigiesen el mundo. -Ha sido una buena pelea, chico –dijo Gem con su seco vozarrón-, pero no tenías posibilidades. -Lo sé –sonrió Muf, mientras un enano le entregaba un puñado de monedas. Gem abrió su único ojo hasta que pareció que iba a caerse al suelo, enrojeciendo de ira. -¿Has sido capaz… has sido capaz de apostar por mí? –rugió. Muf se encogió de hombros. -Me pareció lo más inteligente. Todos los enanos estallaron en risotadas, Gem incluido. Hasta Talabian se permitió una sonrisa cómplice. “Un chico inteligente, y audaz” “Pero oscuro”, dijo la voz de Leddalsord en su mente. Mientras otro par de enanos se quitaban las camisetas y se colocaban en el centro del círculo, hinchando pecho y moviéndose con cautela para dar tiempo a los demás a apostar, Muf salió del círculo. -Tengo que ir a mear un poco de sangre –dijo. Talabian sacudió la cabeza. Los modales enanos, con esa costumbre repugnante de referirse directamente a sus funciones corporales, le encrespaban. Siguió a Muf con sigilo mientras el enano se adentraba unos metros en el bosque. A los pocos pasos, y con toda intención, el elfo pisó una rama. Muf se detuvo de inmediato y sacó una daga del cinto. Era una daga curva, brillante, un arma que uno no esperaba ver en manos de un enano. Estos preferían armas rectas y largas, de más fácil manejo, más toscas y directas, o un buen martillo de guerra que pudiese aplastar al enemigo sin sutilezas. Pero aquella daga larga, estilizada, en la que Talabian pudo adivinar un perfecto equilibrio y una gran ligereza, era diferente. -Ah, elfo –dijo Muf-. Eres tú. El aludido se cruzó de brazos, adoptando una pose severa. -Sheré Talabian Seloidhui, alguacil de Tarmhusel, jovencito. Muf tragó saliva, guardando la daga y poniéndose casi firme. Aquél elfo de aspecto delicado era ni más ni menos que el castellano del palacio de invierno, un cargo de la máxima importancia en el reino. Sobre todo teniendo en cuenta que Tarmhusel era el territorio fronterizo con los salvajes páramos helados del norte. -Sheré… perdona mi atrevimiento. -Veo que ya me tratas con más respeto –sonrió el elfo-. ¿Eso quiere decir que valgo más a tus ojos, siendo quien soy? -Eso quiere decir que no sé cuánto vales a tus propios ojos, ni cuánto respeto crees merecer, y siendo quien eres puedes meterme en una celda sólo por hablarte con poco respeto. Talabian rió de buena gana ante la respuesta. -Los enanos nunca dejaréis de sorprenderme. Sois tan bruscos, rudos y vulgares como la misma piedra, pero vuestra sinceridad resulta refrescante. Bien, te buscaba para hacerte una oferta. Muf esperó, enarcando las cejas con lo que deseaba fuese una expresión cortés. -Has hecho grandes favores a la familia real, favores que no serán olvidados. Por tanto, en nombre del emperador Grenort, quiero ofrecerte un puesto como escudero en Tarmhusel. Muf se quedó boquiabierto. Jamás habría soñado con un trabajo como ese, jamás en su vida habría aspirado a tanto. Intentó hablar, pero la garganta se le había secado de golpe. Tosió, tragó saliva y lo intentó de nuevo. -Es… es una oferta muy generosa, sheré. Yo… quisiera consultarlo con mi padre, a su regreso. En aquél momento, sin embargo, Galen tenía otros problemas en la cabeza. Los grupos de caza habían subido a la montaña tras la desaparición de Mnemestro, tratando de aprovechar el tiempo lo máximo posible. El grupo dirigido por Faen, un viejo amigo de otras temporadas de caza, había subido con el de Galen hasta el refugio número cuatro , una buena zona para la caza menor. Sin embargo, Faen decidió subir más alto, hasta el refugio siete, que llevaba seis años en barbecho. La razón es que era una zona habitada, entre otras especies, por el oso haggo. Los haggoi son una especie gigantesca, muy peligrosa por su fuerza y resistencia, pero también de gran valor para los cazadores. Su piel es de un tono rojo cedro, de pelo espeso y denso, muy valorada por los peleteros, y su carne –particularmente el lomo y la aguja- resulta deliciosa. Incluso su grasa tiene un gran valor comercial, pero es una verdadera armadura interior, una gruesa capa de varios centímetros de espesor capaz, en algunos ejemplares, de evitar que una flecha alcance los órganos internos del animal. El padre de Muf, preocupado por la suerte de sus amigos, había pedido a Faen que, cada noche, colgase un faro encendido de la torreta del refugio, para que fuese vista por el resto de cazadores y supiesen así que todo iba bien para el ambicioso grupo. Faen había cumplido durante las cuatro primeras noches, pero la quinta, la luz no apareció. Galen y Redhú decidieron que el resto del grupo permaneciese en el refugio, atendiendo las trampas y continuando las labores de caza, mientras ellos dos, bien pertrechados de provisiones, armas y medicinas, subían en busca de los otros cazadores. Llegaron al refugio siete tras unas horas de ascensión, sin encontrar ninguna huella ni rastro sospechosos, y encontraron el refugio sumido en un completo silencio. De la torreta de aviso colgaba el farol apagado, emitiendo un ominoso chirrido al ser balanceado por el viento. Las puertas y postigos de las ventanas estaban cerrados, mudos y dormidos. Ninguna huella, ninguna rama quebrada en los árboles cercanos o el matorral que bordeaba el camino. Ningún sonido. Redhú y Galen cargaron sus arcos, acercándose a la puerta sur del refugio. Durante algunos minutos, con la paciencia de los cazadores, aguardaron y escucharon. Un leve sonido, algo así como una respiración jadeante y entrecortada, sorda, amortiguada, salía de la cabaña. Intercambiaron una mirada. Dejaron las mochilas en el suelo, para que no embarazasen sus movimientos. Galen preparó el arco de nuevo, mientras Redhú cogía la espada en la mano derecha y una daga arrojadiza entre los dientes, y empujaba la puerta con fuerza, apartándose después para no estorbar el tiro de Galen. El padre de Muf entró en la estancia, apenas iluminada por la tímida y mortecina brasa de la chimenea, y se arrodilló para ofrecer menos blanco a cualquier enemigo que hubiese en el interior. Nada. Se puso en pie, y ambos entraron en la cabaña. El refugio estaba compuesto por una amplia sala común, mezcla de cocina y salón, con una gran mesa central rodeada de sillas. En la pared del fondo había una sencilla cocina, y una chimenea junto a la que se apilaban varios leños gruesos. A la derecha, dos puertas de madera daban, respectivamente, a la sala de despiece, donde las piezas cobradas eran desolladas y preparadas, y al dormitorio. Fue allí donde entraron primero. Diez sencillos camastros, cuatro a cada lado, y un arcón de madera al pie de cada uno. Ningún signo de lucha. Ningún ruido. Nada. Escucharon de nuevo. El leve jadeo, aún más amortiguado, venía de esta estancia. Se acercaron, tratando de atenuar en lo posible el sonido de sus pisadas –lo que no es fácil para algo tan macizo y pesado como un enano- hasta el tercer arcón de la derecha. Galen dejó arco y flecha en el suelo, cogió una daga en la mano izquierda y un martillo de combate en la derecha, y miró de nuevo a su compañero. Una gota de sudor caía desde la frente de Redhú, pero sus ojos, firmes, se clavaron en los de su compañero mientras asentía y alzaba la espada. Galen sabía que podía contar con él, aunque estuviese asustado. Él también lo estaba. Preparando el golpe de su propia espada, introdujo la daga bajo la tapa del arcón y, con un gesto brusco, lo abrió. En el interior, sólo un niño asustado. Un niño, un joven enano de apenas quince o dieciséis años. Lhu provir Faen, el hijo del cazador desdaparecido, se encongía en posición fetal, aferrandose las rodillas con manos temblorosas mientras trataba de ocultar la cabeza entre las piernas. Galen y Redhú se miraron, extrañados, y guardaron sus armas. Con voz suave, Galen trató de tranquilizar al joven hasta que consiguió que alzase la cabeza. -¿Estás bien, Lhu? –preguntó. El niño alzó la cabeza, lanzándose a los brazos de Galen, y rompió a llorar. -Están muertos –sollozó-, están todos muertos. Redhú se volvió de golpe al escuchar un ruido de ramas rotas procedente del exterior. -Galen… -susurró. El veterano cazador asintió, mientras cogía en brazos al chico y le ayudaba a salir del arcón. Le dejó en el suelo, mientras cogía de nuevo su contundente martillo de guerra. -Silencio ahora –susurró. El rugido que les llegó desde la puerta del refugio hizo temblar toda la cabaña. En el exterior, cómodamente sentado en la rama de un árbol, Mnemestro sonreía. Su lívido rostro y sus ropajes estaban cubiertos de sangre fresca, aún no coagulada por completo. Utilizaba las uñas, largas y desiguales, para escarbarse entre los dientes, donde la fibrosa carne de los corazones de los enanos muertos había quedado atorada. Se recostó contra el tronco, rascándose la espalda. Su privilegiada posición le permitía observar la puerta de entrada de la cabaña, donde el gran oso rugía, retando a los enanos a salir y luchar. Mnemestro había disfrutado de la cacería, atrapando uno a uno a los miembros del grupo de Faen, hasta que el gran oso se había interpuesto en su camino. Sin embargo, el nefárida era lo suficientemente inteligente como para volver aquella desafortunada circunstancia en su favor. Consiguió herir al oso, aunque tan sólo levemente, y después huyó de él, dejando que le siguiese, conduciéndole hasta los cazadores. Como era de esperar, los valientes enanos se habían enfrentado a la bestia –y Mnemestro tenía que reconocer que muy dignamente- hasta sucumbir, uno a uno. Claro que habrían sido capaces de vencerle, si el nefárida no hubiese usado un arco para herir a los enanos en las piernas, dificultando así sus movimientos y convirtiéndoles en presas fáciles para el señor de la montaña. Cómo había disfrutado con aquellas muertes, cómo había saboreado la agonía, la lucha valiente e inútil de los cazadores, el olor a sangre en el frío aire del bosque. El dirigente del grupo, un enano de barba canosa y trenzada, había resistido durante más de una hora, guardando la distancia con el animal gracias a su larga lanza. Incluso logró herir a la bestia, de gravedad según parecía. Pero luego, como no podía ser de otra forma, cayó. Sólo el más joven, el hijo del enano canoso, había escapado. Mnemestro no se molestó en perseguirle, fascinado por el combate. Sólo cuando el oso, cojeando y sangrando, salió tras su rastro, el nefárida había abandonado su refugio, arrancando el corazón a los enanos malheridos o recién muertos , y había comido. Después siguió el rastro del oso, lo que era tan fácil como seguir el rastro a un huracán, y adivinó que el animal perseguía al joven. Llegó al refugio, subió a lo alto de un árbol –teniendo buen cuidado de que el viento alejase su olor del camino del oso- y esperó. En cuanto el animal destrozase al joven, Mnemestro lo mataría, alimentándose de su gigantesco corazón. Y así, gracias a la sangre caliente y al enlace forjado con el joven cazador Muf, Mnemestro perpetuaría su estancia en el mundo real. Cuando Galen se asomó, el huggo estaba ya en la puerta. El inmenso corpachón del oso tapaba por completo la salida. Era tan ancho que sólo su cabeza y el fornido cuello habían cruzado el umbral, mientras que el poderoso pecho chocaba contra las jambas. Galen tragó saliva. El oso, al oler al hombre, se enfureció aún más de lo que ya estaba. Retrocedió unos pasos y se lanzó contra la puerta, haciendo que toda la estructura temblase. Galen sintió que se le doblaban las piernas. -Será mejor que no te muevas, Redhú –dijo. Su compañero, que mantenía abrazado al lloroso niño, asintió. -¿Quieres el arco? –preguntó. Galen negó con la cabeza. -No sería muy util… El oso dejó de empujar. Con un nuevo rugido, empezó a atacar con sus zarpas el quicio de la puerta, tratando de abrirse camino. Las astillas volaban como si una brigada de castores enfurecidos trabajase al unísono. Galen respiró hondo, obligándose a pensar. “¿Qué ves?”, se dijo. ¿Qué ves? Analiza lo que ves. Observa. Vive. Busca una solución. El pecho del animal sangraba, y bajo la pata derecha, que mantenía apoyada en el suelo, asomaba el pomo de una daga. Probablemente, el último acto de algún cazador enano había sido clavarla allí. Galen respiró hondo de nuevo. -Está herido –dijo-. La puerta le detendrá durante un tiempo, unos minutos. -¿Y qué sugieres? –la voz de Redhú temblaba ostensiblemente. Galen volvió a entrar en el dormitorio. Su presencia enfurecería aún más al animal, restándoles tiempo. -No lo tengo muy claro. Creo que lo mejor que podemos hacer es huir por la ventana del desolladero. Correremos hasta el siguiente refugio, y espero que los cazadores estén en él. Entre varios, si contamos con arcos, podremos derribarle. -Nos alcanzará –protestó Redhú. Galen negó con la cabeza. -Está herido bajo la pata derecha. No podrá correr bien. -¿Y el plan de reserva, cuál es? -Rezar, muchacho. Rezar. -¿Por qué estás tan serio? –preguntó Briada. Muf, sentado en la barra de la taberna, tenía la mirada perdida en el interior de su cerveza, como si buscase una respuesta en ella. -Estoy pensando en la oferta de Talabian –dijo al fin-. Es una oferta muy generosa, pero no sé qué hacer. -¿Qué oferta? -Creí que lo sabrías. Me han ofrecido trabajar como escudero en Tarmhusel. ¿Tu padre no te dijo nada? La princesa sintió un extraño ardor en el pecho. Muf, trabajando en Tarmhusel. Eso significaría verle mucho más a menudo, dos o tres meses al año. Una sonrisa afloró a su rostro, pero se obligó a mantener el gesto imperturbable. -Mi padre no me consulta cada vez que va a contratar un nuevo criado –dijo, tan secamente como pudo. Muf alzó las cejas, pero no dijo nada. Esperaba algo así de la orgullosa princesa, aunque el esperarlo no hacía que doliese menos. Sin embargo, si Briada era orgullosa por ser lo que era, Muf había nacido orgulloso, y había sido educado en la convicción de que reyes y siervos son, en definitiva, personas. Si Briada mostraba orgullo como parte de su papel de heredera al trono, Muf lo llevaba como estandarte, como parte de su naturaleza. Briada tenía el deber de ser orgullosa. Muf, simplemente, lo era. Así que se tragó el dolor con un buen trago de cerveza, apurando la jarra. -Gem, por favor –dijo con voz neutra-, pon otras dos jarras. Briada se cruzó de brazos, bufando en un mohín que al joven le pareció encantador. Sus ojos chispeaban como dos esmeraldas bajo el sol de mediodía. -¿No pensarás que voy a beber contigo, verdad? Muf cogió una de las jarras de cerveza que el tuerto traía, y la alzó hacia Gem, brindando. -Es para mi amigo Gem –dijo, antes de dar un trago-. Los plebeyos solemos beber juntos, porque con las princesas resulta aburrido. Mientras Briada boqueaba como un pez fuera del agua, Gem y Muf entrechocaron sus jarras y estallaron en carcajadas. -¿Cómo es posible que pienses convertir a ese plebeyo en escudero? Talabian alzó la vista. Estaba engrasando la Leddalsord, que ronroneaba entre sus manos como un gato que recibe las caricias de su amo. “¿Quieres hablar con ella”?, preguntó el elfo. “No, por supuesto que no. Es una muchacha caprichosa, y un poco veleta. Ya hablaré con ella cuando crezca. Ocupate tú, y no dejes de frotarme la guarda. Me encanta” Talabian sonrió, mientras empapaba el trapo en aceite. -Tu padre ha dado el visto bueno. Si el chico acepta nuestra oferta, me le llevaré conmigo. Y tal vez, en unos años, se convierta en caballero. -¿En caballero? ¿Ese impertinente? -Un impertinente que te salvó la vida. Un impertinente que se jugó la vida para acabar con el nefárida. Briada volvió a resoplar (tenía esa mala costumbre desde pequeña), y salió dando un portazo. -¡Quizá llegue a ser miembro de tu escolta personal! –gritó el elfo, riéndose. El plan de Galen no era muy inteligente, ni tampoco muy desarrollado. Pero habría sido suficiente, de no ser por Mnemestro. Los tres enanos salieron corriendo del refugio, utilizando la puerta del desolladero. El oso, que seguía atacando la puerta con rabia, tardó un par de minutos en detenerse para tomar aire y captar el olor de los fugitivos. Bramó su furia, y todo el bosque permaneció en silencio. El señor de la montaña estaba cazando. Corrió tras los enanos, captando con facilidad el olor de su adrenalina pese al frío. Mnemestro, que desde su atalaya había visto cómo los enanos salían corriendo por la puerta de atrás, decidió seguir el juego. Bajó del árbol, corriendo por la espesura en una ruta paralela a la de los enanos, y pronto les tomó la delantera. Después se limitó a preparar su arco. El oso recortaba distancias, pero sus heridas estaban agotándole a toda velocidad. Mnemestro decidió ayudarle. Apuntó con cuidado, regocijándose en la grotesca figura de los tres enanos que, hundidos hasta los tobillos en la nieve, jadeaban y saltaban pendiente abajo, en busca del aún lejano refugio. Centró su atención en Galen, anticipándose con deleite al momento siguiente, al vuelo rápido de la saeta, el dolor de la herida, el agónico instante en que el enano se sabría presa del gran huggo; sonrió, relamiéndose, al pensar en el conflicto moral sufrido por sus compañeros. ¿Abandonarle a su suerte, o retroceder y morir con él? Cualquiera de las soluciones provocaría dolor, sufrimiento, agonía. Maravilloso. Lanzó la flecha. -¿Tú que crees que debería hacer, Gem? –preguntó Muf. El tabernero sirvió dos nuevas jarras de cerveza, encogiéndose de hombros. -No lo sé muy bien, chico. Después de todo, es un gran trabajo. Pero creo que deberías escuchar a tu padre. -Seguro que me pide que me quede. Necesita ayuda en la herrería. -Claro. Pero no va a negarte la oportunidad de estar cerca de la chica. -Yo no quiero estar cerca de la chica, Gem. El tabernero le miró con gesto serio, brillante su único ojo. -Claro, y a mí no me gusta la cerveza. Muf se rió. Era reconfortante hablar con el tabernero, tan directo y sincero. -Si algo te gusta, intenta conseguirlo, chico –dijo Gem-; es lo único que te puedo decir. -Supongo que mi padre me dirá algo parecido. Es injusto. -¿El qué es injusto? -Yo aquí, volviéndome loco sin saber qué hacer, y él pasándolo en grande en la montaña. Quizá el dios Tonf tenía un buen día. O quizá Galen era un hombre con suerte, o tal vez no había jugado aún el papel que le correspondía en el entramado. O, a lo mejor, simplemente pisó un hoyo cubierto de nieve. En todo caso, así ocurrieron las cosas. Decenas de riachuelos descienden la pendiente de la montaña, entrelazándose y trenzándose por doquier. En verano, su trayectoria es perfectamente visible, y los pescadores locales disfrutan de horas y horas de entretenimiento. Los riachuelos descienden hacia el sur, hasta la meseta. Alimentan fuentes, huertas y estanques. En último término, algunos llegan hasta el cauce del Gildranas, el mayor río del imperio, y acaban fundiéndose en el mar. En invierno, muchos de ellos se congelan. Y otros, de mayor cauce, permanecen enterrados bajo frágiles cúpulas de nieve, que permanecen intactas hasta la primavera, pues ningún animal que habite la montaña es tan estúpido como para caer en ellos. Pero Galen, Redhú y Lhu sí lo fueron. La nieve cedió bajo el considerable peso de los enanos en cuanto pisaron la cúpula de nieve que cubría el río, y los tres cayeron al lecho, mientras la flecha de Mnemestro pasaba por encima de ellos, clavándose en el suelo, apenas un par de metros por delante del oso herido. Los tres enanos no llegaron a verla, ni supieron lo que había ocurrido. El agua, que bajaba rápida en la pronunciada pendiente, les arrastró durante varios kilómetros. Los tres pensaron que iban a morir, y se mantuvieron a flote en aquel tobogán de locos sólo gracias a la suerte y la poca profundidad del río. Y los tres llegaron vivos al dique colocado junto al refugio número cuatro. Allí, gracias al dique construido por los umdhui, el río formaba un remanso, del que los cazadores obtenían agua. Chapoteando, sin saber si reír o llorar, los tres salieron del agua y se abrazaron, contentos de estar vivos. En pocos minutos despertaron a los cazadores, y éstos les atendieron, proporcionándoles mantas, caldo de carne caliente y aguardiente enano. Fue algo absurdo lo que les salvó la vida. Una casualidad, una afortunada coincidencia. Un milagro, tal vez. La misma fortuna caprichosa que dejó a Mnemestro frente al oso huggo. El animal, que había perdido a sus presas principales, vio caer la flecha y miró hacia la espesura. Mnemestro, tan sorprendido como el oso, se había puesto en pie, viendo cómo el río le arrebataba las presas. Ambos, oso y nefárida, se miraron a los ojos. Y el oso cargó. Lo que ocurriese en el bosque aquella noche, si el nefárida venció o si cayó presa del oso, es algo que sólo podemos suponer. Por ahora.


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