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  ficcion > SnuffÁngel Caído

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se publicó en la web el 01 de Junio del 2004

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  Categoría: ficcion > Snuff
  Titulo:

José estaba impaciente por llegar a casa y enseñar a todos lo que había encontrado. Había ido al bosque a cortar un poco de leña, pero en lugar de eso volvía con un precioso huevo dorado con el que había tropezado en medio de una niebla inesperada y de un inusual silencio, únicos de ese día. Vivía con María, su mujer, cuatro hijos, un caballo, tres vacas y un buey, un rebaño de ovejas y cabras, dos perros y unas cuantas gallinas. Su hogar era un caserón y un establo aislados en el campo, en algún lugar perdido de Andalucía, en donde las sofisticaciones de las grandes metrópolis aún no habían llegado y vivían con lo mínimo, lo que les daba las cosechas y los animales que tenían. Al llegar, todos manifestaron gran interés por el extraño huevo, ya que por allí no habían visto nunca uno de semejantes características. Para abrirlo, aplicaron el método de toda la vida: lo calentaron durante algunas semanas, y, el día de Viernes Santo a la media noche, el huevo empezó a agrietarse. El hijo mayor, que era el único que estaba despierto mirando la anticuada televisión que sólo cogía TV1, se dio cuenta y empezó a dar voces. Pronto toda la casa estaba expectante para ver qué salía del misterioso huevo. Y resultó que de ahí apareció, enroscado, algo que parecía un bebé... Todos empezaron a murmurar excitados, y José, firme, mandó los hijos a dormir. Con su mujer decidieron colocar a ese ser extraño en el corral, en un lecho de paja, entre las gallinas y las vacas. Los días siguientes, lo amamantaron con leche de cabra, y los chavales lo visitaban todos los días. Primero lo querían llamar Blanquito o Rarito, pero ya tenían dos corderos que se llamaban así. José, con sentido común, lo bautizó como Raphael, en honor a aquél pariente lejano que ahora triunfaba como cantante en toda España y parte del extranjero. Pero los chicos pronto perdieron interés por el recién llegado. Como Raphael crecía a marchas forzadas, pronto le pasaron a dar pienso. José seguía su proceso de crecimiento con atención para ver si podría obtener algún beneficio, si se le podría sacar leche o si sería comestible. Pero observó con curiosidad, que tenía un aspecto muy parecido al humano, a excepción de dos bultos que le sobresalían en la espalda, y del hecho que había salido de un huevo, claro está. Raphael manifestó tener una fuerza y una inteligencia inusuales: una vez que lo iba a envestir el buey, lo levantó con los brazos bien arriba, y lo mantuvo allí cuatro horas, hasta que el bovino se calmó y se durmió. Otro día que José lo fue a ver, vio que Raphael se había fabricado un arpa con un trozo de madera y los pelos de la cola del caballo, y tocaba extasiado una melodía…celestial. Al año y medio de vida, medía dos metros, tenía una larga cabellera dorada, unos ojos de un color indescriptible, y aquellos bultos que tenía cuando era pequeño se habían convertido en dos inmensas alas de plumas de un blanco inmaculado. Raphael se pasaba todo el día en el establo, siempre estaba melancólico y tristón. Por las noches, cuando nadie le veía, subía al tejado y desde allí miraba las estrellas lleno de una añoranza que no comprendía. Un día que José lo fue a ver, Raphael habló por primera vez, con una voz profunda y serena y acento impecable de Valladolid: - Padre José, gracias por haberme procurado un lecho y comida durante todo este tiempo, pero mi alma siente una especie de llamada, algún fin superior lejos de este humilde establo… El campesino se quedó pasmado. - Quijo, ¡que suhto m’hah dao!¡Nunca había vihto a un bisho q’ hablara así! José no había acabado de entender lo que aquel ser tan extraño le quería decir, pero había notado que tenía ganas de salir del establo, y él no se lo iba a impedir. Al día siguiente, lo cogió y lo llevó al campo. Le puso el yugo, en lugar de al buey (José recordaba el episodio en el que Raphael ganó en fuerza a la bestia), y le dio un par de coces para que entendiera que tenía que caminar arrastrando el arado, para sembrar el campo. Raphael lo entendió enseguida, y a la mañana siguiente, cuando cantó el gallo y José se disponía a ir al establo para volver a empezar la faena, vio en el campo un destello blanco que corría a gran velocidad de un extremo a otro, y cuando se paró, José logró distinguir a Raphael, que llevaba colgado el arado, y que estaba terminando la faena. Al cabo de pocos minutos, se descolgó el arado y se acercó a José: -El trabajo dignifica al hombre y las manos vacías y la mente ociosa son el taller del diablo... ¡Ah! Si me permite, se me ha ocurrido que a lo mejor, si limpiásemos aquella parte de campo y la convirtiésemos en terreno cultivable, y dejásemos descansar una parte de la tierra un corto período al año, seguramente podríamos sacar más rendimiento a estos cultivos y… -¡Oye quijo! ¡Un poco máh de rehpeto! Primero, que tú no pintah ná, que lah tierrah no son ni tuyah ni míah, sino de don Valeriano. Y segundo, tóa la vía s’ha esho así, y si nadie ha esho lo que tu diseh, debe ser por argo… que una cosa éh que puedah hablá y otra mú diferente eh que te hagah el entendío… José tenía que ser duro con él, porque ya se sabe, que si un animal coge confianza y se cree dominante, es capaz de hacer cualquier cosa… pero sabía que lo tenía que recompensar por el trabajo hecho. Por eso, a partir de aquel día, le dio las sobras de todas las comidas en lugar del pienso, mientras los otros animales del establo lo miraban con envidia. La casa de José prosperó rápidamente. Raphael lo hacía todo, iba a cortar leña, araba cultivaba, sembraba, recogía, sacaba a pastar al rebaño… Incluso una vez, María cayó enferma de una infección que le hacía sangrar incesantemente por la boca. Consultaron al médico del pueblo más próximo y éste dijo que no tenía solución. Cuando Raphael se enteró de que sólo le quedaban pocas horas de vida, fue clandestinamente por la noche a su cama y le dio un beso de despedida cargado de sentimiento. Misteriosamente, a la mañana siguiente María se despertó sana y fuerte como un roble. Pero Raphael seguía sintiéndose incompleto. Por las noches continuaba mirando las estrellas, y en sus ratos libres, se concentraba tan intensamente en sus taciturnos pensamientos, que llegaba a perder la noción del mundo y del tiempo; divisaba, alcanzaba y se unía a una Luz armónica, bondadosa, eterna, infinita. Tan fuerte se hizo un día la llamada de esta luz, que un domingo que casualmente José se levantó temprano y salió fuera, encontró un reguero de perlas. Las fue cogiendo una a una y siguiendo su rastro, llegó al establo. Allí, vio que las brillantes joyas salían de los ojos de Raphael. Estaba llorando en silencio. - Padre José, -susurró entre lamentos- ha llegado el día del adiós. Mi corazón siente gran aprecio y gratitud hacia esta casa, pero llega un momento en que los designios de la Luz se hacen inevitables, y mi deber es seguirlos hasta llegar a la Verdad. José se quedó sin palabras. Se quedó ahí pasmado mirándolo. Nunca se había fijado en la exótica belleza de Raphael, casi femenina, ni en su andar grácil, ni en esa aura blanca que parecía llevar alrededor. Raphael se le acercó y le dio un beso infinitamente triste y honesto. Su esbelta figura salió por la puerta del establo. La mirada atónita de José lo seguía. Raphael seguía llorando y las perlas iban cayendo, como lágrimas, en el suelo. En un pestañear, batió las alas y su fibrada figura se elevó elegantemente en el cielo. José salió del establo para poder seguirlo mejor sin lograr articular ninguna palabra. Volaba más rápido que un halcón y pronto se convirtió en un punto negro en el firmamento… De repente se oyó un disparo. Don Valeriano solía salir de caza los domingos en es época del año… José lo vio caer dando tumbos y salió corriendo hacía el punto en donde debía haber caído Raphael. Llegó al bosque pero no lo encontraba por ningún lado. Había la inesperada niebla del día en que José encontró el huevo y reinaba un inusual silencio excepto… una melodía afligida que cada vez se iba haciendo más débil… La fue siguiendo, y cuando la voz que la cantaba se apagó, José encontró el hermoso cuerpo de Raphael abatido en el suelo y lo cogió en brazos. José estaba impaciente por llegar a casa y enseñar a todos el excelente adobo para el cultivo que había conseguido…


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